¿Qué sería hoy
hacer la diferencia? Como de por sí la idea de diversidad no conlleva un
contenido positivo, es muy importante evitar equívocos.
Si miramos el
panorama que nos rodea, atravesado por guerras y conflictos, está claro que las
diferencias suelen exaltarse hasta ser motivo de violencia. El gobierno
argentino liberticida con rasgos fascistoides se fortalece en este caldo de
cultivo destilando odio y prepotencia. Adorni, su vocero, descarga racismo, Villarruel,
su vicepresidenta, desata sus instintos censores (además de patriarcales) y las
Fuerzas del cielo, un ejército virtual de cobardes, amenazan con pasar a
la acción real para “aplastar” a la izquierda.
Las patronales,
unidas en su sed de ganancia y en un desprecio por las grandes mayorías que ya
no necesitan ocultar, se dividen tirando de la manta corta de los intereses agropecuarios,
financieros, extractivistas e industriales. La política parlamentaria requiere rearmar
sus alianzas votación por votación para volver a atomizarse en cada cuarto intermedio.
La CGT corrupta se rompe en función de los grados de servilismo aceptables… Y,
de esta manera, Milei navega en medio de la tormenta mostrando míseros resultados
macroeconómicos, valiéndose de los sectores más mezquinos y sometidos de la sociedad.
También suelen
resaltarse las diferencias individuales como exaltación egoísta de los propios
intereses en detrimento de los demás. En la lógica del emprendedor, hay
jactancia de no tener compañeros de trabajo y, en la vida cotidiana, el
aislamiento y la desconfianza son cada vez mayores, pero esta “moda”
individualista es un sinsentido antropológico. Cualquier persona para crecer, mejorar
y ser feliz necesita de los demás. Incluso más: necesita ayudar al prójimo para
sentirse bien y satisfecho. Lo prueban las neurociencias, la psicología y es
posible verificarlo en la propia vida. El bienestar psicofísico está ligado a
la capacidad y posibilidad de compartir el bien.
Por lo tanto,
creemos que, paradójicamente, hacer hoy la diferencia es hacer valer los
recursos más profundamente humanos: descubrir y defender la función primaria y
vital que representan las mujeres en la vida de todos; hacer crecer nuestra conciencia
despertando de la pesadilla alienante de la tecnología; aprender a develar las posibilidades
benéficas que residen en el encuentro con los otros, incluso en las
diferencias; predisponerse a aprender una nueva cultura afirmativa de la vida y
a reconquistar con coraje una práctica moral y una visión ética benéficas. Esta
diferencia puede empezar si aprendemos a partir de lo que nos une, si empezamos
a buscar el conocimiento recíproco y a forjar lazos, alianzas colaborativas e
intercambios fecundos que puedan desembocar en acciones concretas motivadas por
ideas y propuestas claras, inspiradas en una búsqueda comunitaria e
independiente de la institucionalidad rancia y opresiva. Cada una y cada uno, en
sus ámbitos de vida cotidiana, puede ser factor de unión en torno a estos
principios de liberación. Las mediaciones políticas han fracasado porque su
naturaleza instrumental está más al descubierto que nunca, pero las mediaciones
humanas son el arte de reaprender a vincularse y a relacionarse, a colaborar y
cooperar por el bien recíproco y común. Podemos proponernos ser protagonistas de
esa posibilidad, que requiere crecimiento teórico y determinación práctica.
Un primer paso
indispensable para desplegar una vocación humanista es buscar construir un
Frente Único en defensa de la dignidad y las libertades democráticas con las organizaciones
y grupos de izquierda. Así puede comenzar a ponerse freno a la deshumanización que
se propaga cada día desde arriba y desde abajo. Pero, además, uniendo a las personas
de izquierda con un programa claro se plantean mejores condiciones para que emerjan
las características humanas indispensables para una alternativa realmente
benéfica.
Comité de Redacción de Comuna Socialista