Piero Neri
Milicias jihadistas dirigidas por Hayat Tahrir al-Sham (THS) conquistaron en pocos días Aleppo, la segunda ciudad en importancia de Siria, y marchan hacia Damasco. El HTS reúne diversas formaciones islámicas reaccionarias y, hasta el 2019, adhería a Al Qaeda (con el nombre de Frente Al-Nusra). Hoy es apoyado por el régimen turco de Erdogan que también lo utiliza contra el pueblo kurdo. El veloz avance del HTS pone de manifiesto la inconsistencia de las fuerzas armadas del régimen del verdugo Al Assad. Este último, justamente, logró sobrevivir hasta el momento gracias a las tropas suministradas por Irán, Rusia y Hezbollah, actualmente comprometidos en otros escenarios bélicos.
Esta nueva tragedia para los pueblos sirios hunde sus raíces en los acontecimientos posteriores al 2011. En aquel año, dio inicio una extraordinaria revolución de la gente común bajo el signo de la pacificación, de la dignidad y de la libertad, pero que no contó ni con la fuerza ni con el tiempo como para desarrollarse y resistir ante una amplia coalición de poderes adversos que lograron imponer una guerra civil terrible. De un lado estaba el régimen asesino de Al Assad con las tropas rusas, iraníes y de Hezbollah, que se valía del apoyo de Hamas y del silencio cómplice de las democracias occidentales; del otro, los criminales del ISIS y las distintas formaciones jihadistas terroristas y misóginas, financiadas por los Estados árabes y Turquía. Las consecuencias fueron terribles: cerca de 500.000 fallecidos y millones de refugiados.
La ofensiva actual del HTS se desarrolla en un cuadro de caos regional y global signado por la incapacidad de la Casa Blanca –desde hace tiempo la ahora ex-“policía del mundo”– para gestionar y poner orden en la escena internacional. Las diversas potencias internacionales y regionales, en competencia entre sí, están comprometidas –directa o indirectamente a través de sus agentes– en guerras sangrientas en las que no se divisan salidas en el horizonte y participan bandas armadas de distinto tipo. Es una espiral perversa que conduce a un agravamiento de los conflictos o a la explosión de nuevos focos.
Todo esto es mayormente válido en Medio Oriente, donde la guerra de Netanyahu contra la población palestina y en Líbano representa un factor multiplicador del caos y una aceleración de los conflictos en toda la región (y no solamente). Una vez más, hay que posicionarse junto con las poblaciones sirias por su liberación contra todos sus enemigos y sus falsos amigos –desde Al Assad hasta las bandas jihadistas, desde Irán hasta los Estados Unidos y la Europa democrática– frente a un nuevo conflicto cuyas primeras víctimas serán las mujeres, las y los niños y la población civil, con los refugiados y desplazados que vendrán. Es necesario reaccionar con renovado compromiso en defensa de la vida, por la pacificación contra las guerras y por la acogida de todos los refugiados e inmigrantes.
Publicado originalmente en La Comune online (Italia)
