Barbara Spampinato
Desde sus primeros pasos, la nueva presidencia estadounidense se preanuncia como una galería de los horrores. Los delirios de Trump encuentran lugar en la noche (hoy hablar de ocaso se queda corto) del sistema democrático, otra que una “nueva edad de oro”. Terminó un modelo opresivo y cambian las reglas del dominio: ahora son más deshumanizantes, lo que explica el enorme poder conferido a los magnates de las máquinas –de la web, de la inteligencia artificial y de los satélites– y las horribles amenazas proferidas contra los seres humanos.
Es bueno dotarse de un fuerte sentido de la realidad presente, sabiendo que la hipoteca que pesa sobre el futuro constituida por la nueva administración norteamericana es fruto de su debilidad. No podrán frenar la inmigración tal como prometen ya que no pueden impedir que millones de seres humanos mantengan esperanza en una vida mejor. Y también es bueno tener presente los hechos del pasado, incluso los más recientes: ese ser abominable ganó las elecciones a causa de una debacle democrática sin precedentes y del derrumbe de los valores progresistas que culmina en el apogeo de la ideología woke entre la llamada izquierda estadounidense. Una ideología que hasta ayer fue bandera de los patrones de Silicon Valley, quienes hoy están todos con Trump.
El sentido de la realidad está ausente en el liderazgo sistémico actual. Algunos ejemplos: EEUU se va de la Organización Mundial de la Salud y la nueva administración impone el silencio sobre la información sanitaria; sin embargo, la estadounidense es una sociedad en la que proliferan las enfermedades, desde las patologías ligadas a la obesidad hasta la epidemia de los opioides que tanto se propaga. Mientras ahorra en tratamientos, el nuevo presidente invierte en el veneno digital: aprueba inversiones astronómicas para una enorme colaboración empresarial que difunda la inteligencia artificial, la que sin duda provocará otras patologías además de las que ya causa la hiperconectividad que intoxica a jóvenes, adolescentes y adultos. Trump también opta por incrementar los métodos más destructivos para la extracción de los recursos naturales. El impacto en el medio ambiente será aún más devastador y la furia destructiva no se limita a la Tierra: amenaza con la colonización de Marte. Finalmente, la puesta en primer lugar de los Estados Unidos, buscada por el nuevo inquilino de la Casa Blanca, implica la ruptura de los equilibrios y de los pactos de convivencia que tuvieron alguna importancia en los asuntos internos del país, como aquellos con México y Canadá.
No será todo fácil para la administración Trump: ni en su partido –en el que fermentan malhumores– ni en su staff, donde los millonarios de los gigantes tecnológicos ya empezaron a pelearse y Musk incluso le hizo una primera zancadilla al nuevo presidente. Pero, sobre todo, el principio de realidad del que la cúpula sistémica se separa cada vez más reside en la vida de las mujeres y de los hombres comunes. El american way of life se constituyó sobre el artificio y la subversión de la realidad natural y humana: el fin del sistema, del cual Trump es un emblema, lleva esta innaturalidad a sus extremas consecuencias, pero ello se debe al hecho de que la humanidad no deja de emerger y representar el principal problema para los sectores dominantes. Apuestan a las máquinas porque perdieron la batalla contra la humanidad: su sistema se demostró inadecuado y deben virar hacia la deshumanización. En primer lugar, se deshumanizan a ellos mismos si observamos las palabras y los gestos, las amenazas y las actitudes de Trump, Musk, Zuckerberg, Altman y compañía. Contamos con un formidable recurso defensivo contra estos horrendos personajes, su política y sus maquinaciones: nuestra humanidad, que puede rescatarse y mejorarse.
Publicado originalmente en La Comune (Italia) 460