Mariana Camps
La movilización del 1 de febrero fue para muchas/os una bocanada de aire fresco. No es para menos, decenas de miles de personas en las calles dieron una señal de que algunas cuestiones humanas fundamentales son las que más importan: la dignidad y la libertad de las mujeres, el respeto por la diversidad de elecciones afectivas, la defensa de las hermanas y hermanos inmigrantes frente al racismo. Libertad, dignidad y respeto son valores imprescindibles para un entrelazamiento benéfico de las subjetividades; para que las personas se encuentren bien entre sí y se potencien las unas a las otras.
Todas estas exigencias están en grave riesgo porque quienes dominan el país, a tono con la decadencia general de la burguesía, se caracterizan por su ignorancia y brutalidad, lo que agrava aún más su declarada misoginia y su homofobia, su racismo y su tenacidad para perseguir el disenso. En fin, su malicia, que se transforma en crueldad alimentada del miedo que tienen a que las personas puedan pensar por sí mismas. El gobierno del liberfacho, ahora también estafador descarado, está acentuando una deriva autoritaria con rasgos fascistoides. Por ahora, sus “camisas negras” se encuentran replegadas en las redes (anti)sociales destilando todo su odio patético desde allí, pero el clima que propagan ya está dando sus podridos frutos. En las últimas semanas, distintos tipejos han descargado su frustración criminal contra mujeres lesbianas. Es necesario comprometerse en primera persona para detener esta peligrosa espiral. Que la izquierda abandone su obsesión electoralista para unirse en defensa de la vida y las libertades democráticas contra el gobierno liberticida es más determinante que nunca.
Ser protagonistas de una reacción humana positiva puede profundizarse y nutrirse gracias a un compromiso inspirado en la comunión. Empezando a rescatarse con el descubrimiento de los rasgos comunitarios que colorean la tensión a la socialidad y la relacionalidad de todas y todos. Proponerse como punto de referencia en la búsqueda de valores alternativos –no dejando pasar la prepotencia patronal, el machismo, el racismo y las lógicas y prácticas represivas– es parte de un compromiso activo, directo y cotidiano que es fundamental desarrollar en cada ámbito de vida: desde el trabajo hasta los lugares de estudio, pasando por los barrios y los ámbitos de diversión. Este requiere ideas, cultura y valores, además de algo indispensable: recuperar nuestras facultades humanas intoxicadas, pero no anuladas, por la alienación digital, de la que hay que sustraerse ya.