"Nueva" escuela macrista: prohibido pensar

 



Mario Lux

El Jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, acaba de publicar un reglamento en la Ciudad que en el artículo 3 del Capítulo VII, sobre Prohibiciones del Personal Docente, directamente impugna la posibilidad de “expresar, durante el desarrollo de las clases, opiniones o adoptar conductas de manera intencionada que pudieran influir, confundir y/o afectar a los menores en temas relacionados con religión, sexualidad, género, etnia, política partidaria u otros de similar relevancia”. La normativa agrega que “en caso de que estos temas surjan durante la clase por iniciativa del estudiante, el docente deberá informar al equipo de conducción para que los equipos especializados puedan intervenir y brindar el acompañamiento necesario al estudiante y su familia en cada situación”. Previamente, Macri se había subordinado a la posición de Milei en contra de la educación sexual interceptando el acceso al material didáctico, anunciando una revisión exhaustiva de contenidos en aras del “estudio neutral”. 

Por un lado, se confirma el intento disciplinador y la deriva crecientemente autoritaria del dictadorzuelo de la Rosada y sus circunstanciales amigos, en este caso contra la libertad de expresión de los docentes y también contra los estudiantes que, como es auspicioso que ocurra, hagan explícito su interés por afirmarse sobre aspectos fundamentales de la vida. Esta nueva disposición parece ser el punto más alto –por ahora– de un conjunto de reformas reaccionarias en el sistema educativo, como Buenos Aires aprende dentro del nivel medio. Este “Plan”, entre otras cosas, acentúa la distancia entre el director y el conjunto de profesores en la toma de decisiones, como así también la inestabilidad laboral de quienes no sean titulares; impone la precarización de aprendizajes (reduciendo a la mínima expresión los contenidos de materias como Historia o Geografía) y la profundización de la maquinación deshumanizante a través de un porcentaje de horas virtuales asincrónicas. 

Por otro lado, la idea de hacer pasar por educación “racional” o “neutral” lo que en la práctica es la instrucción desde arriba a los jóvenes en nociones extrañas a las características originarias comunes de la humanidad –como la supuesta división de esta en razas o la subestimación del rol educativo permanente e insustituible del género femenino–, hablan de la perversión moral de los opresores, pero no solo. También, del carácter innatural e infernal del mundo que han construido, así como de su creciente incapacidad de comprenderlo. En su lugar, eligen negar, además, la raíz humana subjetiva y la cultural, tan naturalmente en juego en cualquier ámbito colectivo, tanto más en las aulas, lugares llamados si los hay para estimular el intercambio respetuoso de las interpretaciones –partiendo de reconocer la propia de cada uno y cada una como una visión entre tantas, empezando por la del o la docente. Donde lo único que debiera estar prohibido sería el mismo hecho de prohibir y de reprimir, dos de las espadas de la “batalla cultural” de los liberfachos.