Ignacio Ríos
Cientos de
miles de palestinas y palestinos, mujeres, hombres, niños, ancianos, están volviendo
a sus casas en ruinas para tratar de rehacer sus vidas entre los escombros
luego de tanto sufrimiento y decenas de miles de muertos. El cese al fuego es
lo mínimo que necesitan. Sin embargo, en este pasaje tan sensible, Trump
amenaza con deportaciones masivas y una ocupación total de la Franja, que así
podría convertirse en un enclave turístico a expensas del engrandecimiento del
Estado de Israel. A su vez, Netanyahu, además de trabar las negociaciones de la
segunda etapa del alto al fuego, amenaza con recomenzar la guerra ni bien todos
los rehenes sean liberados.
Es difícil dar
con un ejemplo mayor de la inhumanidad y del desprecio por la vida de los
señores de las guerras, de su odio infinito hacia la humanidad que, así y todo,
trata de reponerse del dolor y de las pérdidas.
¿No se podría
decir otro tanto de la actitud de Hamas y de la Jihad Islámica, que festejan
como si fuese un triunfo la actual situación de miseria y desesperación en toda
la Franja? ¿Como si las personas, no solo los rehenes, sino también los
gazatíes, fueran fichas de ajedrez en su partida bélica contra el sionismo
criminal? Es ajeno a cualquier principio de liberación que buena parte de la izquierda
se sume a ese coro triunfalista, como si el pueblo palestino hubiera alcanzado
una gran victoria por llegar a estas negociaciones bañadas en sangre entre
estos enemigos de la humanidad, las que, justamente por ello, penden de un
hilo.
Con mayor razón, es más que nunca necesario apostar por lo más creíble: el encuentro y el diálogo entre los pueblos, entre las personas disponibles, tanto de un lado como del otro, a superar dichas lógicas a través de pocos, pero valiosos intentos y experiencias.