Trotsky y el Frente Único: distinguir para dar batalla

 



Ignacio Ríos

En momentos de envalentonamiento de Milei y los suyos, seguimos proponiendo un Frente Único en defensa de la vida y de las libertades democráticas. Trotsky es una inspiración muy importante y, en esta ocasión, abordamos su artículo “¿Y ahora? Problemas vitales del proletariado alemán” de 1932, cuando los nazis aún no habían llegado al poder en Alemania y había chances de frenarlos. 

Trotsky buscaba rebatir a quienes creían, incluso al interior del estalinista Partido Comunista, que no había mucho en juego puesto que los gobiernos previos a Hitler ya eran represivos y reaccionarios. Como si los tristes e impotentes politicastros conservadores de la República de Weimar (Heinrich Brüning era el canciller de Alemania por aquel entonces) fueran lo mismo que el nazismo porque seguiría al frente la misma clase capitalista. 

Ese fue un error fatal que impidió distinguir entre opresores –una tarea fundamental de las y los revolucionarios– y que, además, cerraba las puertas del frente único a las personas con simpatías reformistas o socialdemócratas que, aun sin querer abandonar sus puntos de vista, igual deseaban luchar contra el fascismo. 

Hoy, a medida que desarrollamos nuestra actividad, identificar los riesgos nos permite acercarnos y llevar adelante la unidad de acción con otras organizaciones de izquierda. También nos encontramos con otros grupos –con los que esperamos seguir discutiendo– que no hacen distinciones entre Milei y cualquier otro gobierno burgués, incluso diciendo que el de la LLA ni siquiera es uno de los más peligrosos. Creemos que subestiman el daño de este gobierno reaccionario y liberticida, compuesto por una tropa de negacionistas alineados con la peor estofa del planeta, que ataca frontalmente a mujeres, inmigrantes y homosexuales e impide que la gente se movilice (a menos que las manifestaciones sean multitudinarias y superen todo “protocolo”). Lo hace emanando venenos ideológicos, desde los micrófonos y especialmente desde las redes sociales, que sustentan la posible liquidación de conquistas conseguidas después de años de esfuerzo, como algunos derechos de las mujeres o el reconocimiento de los derechos humanos. Claro que, para ello, se vale de la instrumentalidad y corrupción de las burocracias sindicales y de los gobiernos peronistas anteriores. 

La Argentina no está yendo a un régimen fascista, pero la democracia –no solo aquí sino en el mundo– está ensanchando sus márgenes para hacerse cada vez más autoritaria y restar mediaciones al ejercicio de la dominación. Constituye un enorme desafío para la izquierda (no por casualidad tan atacada, por ejemplo con el “zurdos, tiemblen”) y, por ello, deberíamos unirnos en un Frente Único cuyo interlocutor principal sea la gente que quiere reaccionar contra el crecimiento de la extrema derecha. 

“El fascismo no es solo un sistema de represión, violencia y terror policíaco. El fascismo es un sistema particular de Estado basado en la extirpación de todos los elementos de la democracia proletaria en la sociedad burguesa. La tarea del fascismo no es solo destruir a la vanguardia comunista, sino también mantener a toda la clase en una situación de atomización forzada. Para esto no basta con exterminar físicamente a la capa más revolucionaria de los obreros. Debe aplastar todas las organizaciones libres e independientes, destruir todas las bases de apoyo del proletariado y arrancar de raíz todo lo que se logró en tres cuartos de siglo de trabajo de la socialdemocracia y los sindicatos” (1). 

“Cuando un Estado se vuelve fascista no solo significa que las formas y métodos de gobierno cambian (…) sino, antes que nada y sobre cualquier otra cosa, implica la aniquilación de las organizaciones obreras: es necesario reducir al proletariado a un estado amorfo y crear una red de instituciones que penetren profundamente en las masas para obstaculizar toda cristalización independiente del proletariado. Es precisamente aquí donde reside la esencia del régimen fascista” (2). 

“Todo trabajador conciente, y con mayor motivo todo comunista, debe darse cuenta y deshacerse de la charlatanería vacía y miserable de la burocracia estalinista según la cual Brüning y Hitler son la misma cosa. ¡Están embarullando todo!, les respondemos nosotros. Ustedes embrollan todo de forma vergonzosa porque tienen miedo de las dificultades, de las tareas importantes. Tiran la toalla antes del combate, proclaman que ya hemos sido derrotados. ¡Mienten! La clase obrera está dividida, debilitada por los reformistas, desorientada por los errores de su propia vanguardia, pero todavía no fue aniquilada, sus fuerzas no están todavía agotadas” (3).  

1 León Trotsky, “¿Y ahora? Problemas vitales del proletariado alemán”, en La lucha contra el fascismo en Alemania, Ediciones IPS, Buenos Aires, 2013, p. 108. 

2 Idem, p. 118. 

3 Idem, p. 124.