Ignacio Ríos
Ni bien asumió, Trump lanzó una campaña de localización, detención y deportación de inmigrantes, con redadas y persecuciones en las principales ciudades de Estados Unidos. Millones de personas están en la mira, lo que se suma al intento de abolir la ciudadanía por derecho de nacimiento. Además de fortalecer la seguridad fronteriza con tecnología de avanzada, las solicitudes de asilo fueron congeladas y se repuso la norma Remain in Mexico. Entre aprietes y chantajes por aumento de aranceles, estas medidas también ponen en tensión las relaciones entre Washington D.C. y los gobiernos latinoamericanos, empezando por México y los países de Centroamérica. Un terremoto a diferentes niveles.
Muchos de estos objetivos no son muy viables. Por eso también muchos analistas sostienen que la mayor parte de estas medidas solo sirven para que Trump compacte a su electorado y coseche legitimidad contra la supuesta “invasión de criminales” que representaría la inmigración. Eso fue, junto a las bravatas contra China, uno de los puntos fuertes de su campaña, expresando el desprecio racista contra la humanidad común y diferente. Pero no se trata solo de eso.
En el fondo, este Estados Unidos de violencia crónica y guerra civil larvada, de desprecio de los sistemas sanitarios, de debacle cultural e implosión de su sociedad, ya prácticamente no tiene nada que ofrecer. Fracasado el intento de integración y el modelo, siempre cínico, del “crisol de razas”, ¿en dónde, cómo y para qué incluiría a las millones de personas que arriban? Las brutales políticas trumpianas son la admisión de un fracaso histórico, del final de un sistema y de un proyecto mínimamente futurible, de la imposibilidad de establecer algún tipo de mediación con la inmigración, que siempre fue una característica originaria de ese país. La continuidad de los flujos migratorios (así y todo Estados Unidos siempre será un foco de atracción) pondrá aún más de relieve el final de esa perspectiva y la decadencia, impotencia y debilidad de los Estados y de los personajes como Trump.
Es que no van a detener el movimiento de las personas porque no podrán suprimir las esperanzas humanas y los deseos de una vida mejor, las que se entrelazan con las tragedias y los dramas tanto de los lugares de proveniencia como los que se producen a lo largo del camino, por no hablar de lo que sucede en el punto de llegada. Esos enormes flujos humanos seguirán provocando cambios, como tan claramente se ve en las zonas de frontera, en la transformación de las viejas comunidades y en la aparición de nuevas, en la mutación de idiomas y costumbres y, ahora más que nunca, en la multiplicación de iniciativas solidarias y de denuncia, desde el paro de inmigrantes del 3 de febrero hasta el renovado activismo de organizaciones de voluntarios.