Mariana Camps
El contraste en
Bahía Blanca los días trágicos de la tormenta fue radical. De un lado, la
desidia criminal de los políticos y la inutilidad estatal. Del otro, la
sensibilidad y la celeridad, la inteligencia de recursos, el coraje y la
generosidad extrema de miles de personas que lograron que la situación no sea
aún más grave de lo que fue.
Voluntarios y
voluntarias que salieron con botes y motos de agua a rescatar a ancianos con el
agua al cuello en medio de la noche, choferes que dieron su vida ofreciendo
refugio en sus vehículos, jóvenes que recorrieron las calles con sus palas para
quitar el barro de las casas y toneladas de donaciones ofrecidas por cientos de
miles de personas. La explosión de solidaridad no fue “sin importar a quién”,
al contrario. Se expandió porque quien estaba delante sufriendo era otro ser humano.
Por eso, la
solidaridad salva, ayuda, conforta, compensa. Porque además de restituir un
bien material carente, ante todo, devuelve la humanidad más profunda, tanto a
quien la recibe como a quien la ofrece. Por eso, el espíritu de unidad
prevaleció esos días entre los vecinos de Bahía: la cooperación tomó el puesto
de la confrontación política, de la desconfianza, de la enemistad y el sentido
de colectividad se nutrió de la empatía y la identificación recíproca. Así, los
enojos fueron mucho más productivos e indispensables contra el oportunismo
cínico de Milei y Bullrich.
En esta
sociedad de extrañeidad entre las personas, la solidaridad aparece como un
recurso indispensable a recuperar y expandir en virtud de estimular lazos
comunitarios alternativos y mejores. Pero, al mismo tiempo que queda demostrado
su valor, se pone en evidencia su fragilidad, su carácter tan contundente, pero
episódico a gran escala. Tal vez por ser parte de la intimidad humana más
profunda se la da por descontado. Seguir ayudando a Bahía Blanca pasa también
por rescatarla, por reflexionar sobre su significado como ocasión de aprender a
cambiar y ser mejores.