Ana Gilly
En los años 80,
las Abuelas de Plaza de Mayo debieron afrontar un problema extremadamente difícil:
generar evidencia científica que les permitiera probar su vínculo con los
nietos apropiados por la dictadura militar. Hasta aquel momento, existía la
posibilidad de realizar a través de la sangre el estudio de
maternidad/paternidad, pero eso no era posible porque sus madres y padres
estaban desaparecidos. Gracias a una red colaborativa de profesionales del
mundo de la ciencia, llegaron a tomar contacto con una genetista
estadounidense, Mary-Claire King. Luego de meses de trabajo, King se dio cuenta
de que la molécula ideal para determinar la filiación era el ADN mitocondrial,
que se hereda solo a través de línea materna. Fue así como desarrolló un índice
que logró 99,99% de certeza y a partir del cual se pudo verificar la identidad
genética de los nietos apropiados. Es el, ahora mundialmente conocido, “índice
de abuelidad”. Las y los nietas/os contienen en su configuración el linaje de
las abuelas de su familia. Una expresión más de la huella indeleble que deja la
matriz femenina en la biología de todos.
No es la única,
basta pensar en que todas y todos nacemos de mujeres; fuimos albergados en sus
vientres, tiempo durante el cual la conexión entre la madre y el feto es
física, pero también tiene consonancias emotivas. Incluso, la impronta femenina
en la esfera biológica de nuestra existencia no solo es visible en la fase
prenatal, sino que nos acompaña durante toda la vida. A esto también acuden
diversas ciencias, como las cognitivas, develando, por ejemplo, el origen
materno de los elementos que componen la corteza cerebral.
Parece evidente
la impronta y la matriz femenina en la biología de mujeres y hombres. Sin
embargo, es sistemáticamente ocultada por el patriarcado. Hay intentos que, de
tan burdos, no hacen más que confirmar esta intención. Por ejemplo, la
obligatoriedad de portar el apellido del padre (modificada solo hace unos años)
y la figura de la patria potestad respondieron a la voluntad de imponer, vía
judicial, lo que naturalmente no es posible: una estirpe primaria o
exclusivamente paterna. También de la mano de la (mala) ciencia provinieron
mitos que aún perduran en el sentido común, como homologar la contribución de mujeres
y hombres en la gestación de un bebé.
Seguramente, en
función de conocer y reconocer el prius biológico femenino de la humanidad,
podemos aprender de los casos como el mencionado en la apertura de esta nota.
Termino estas
líneas con un pensamiento de alivio: aquel fantástico descubrimiento de King
sobrevino antes de la propagación absurda de la pseudoteoría queer que, por sus
falsos presupuestos, hubiera obstaculizado el reconocimiento de que en la
biología femenina podía haber una respuesta. ¡Menos mal!