Piero Neri
Mientras
proliferan los disparates y las incoherencias proferidas por los poderosos, la
crónica cotidiana ofrece lecturas cuanto menos superficiales de la situación
internacional.
Hasta sucede
que uno puede encontrarse con referencias a una auspiciable “nueva Conferencia
de Yalta”, trazando una analogía con aquella cumbre de 1945 en donde las
principales potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial (EEUU, Reino
Unido y la URSS) se reunieron para decidir sobre los nuevos equilibrios
planetarios. Al mismo tiempo, algunos auguran o temen que Trump quiera imponer un
“nuevo orden mundial”.
No se trata
solamente de analogías fuera de lugar o de errores analíticos. Tales hipótesis
se basan en la convicción de que Trump y otros poderosos están dotados de una
visión global y, por ello, pueden ordenar el mundo.
No es así.
Ellos dominan y dan órdenes, pero no ponen orden; más bien la mayoría de las veces
generan caos. Se imponen con guerras y amenazas, pero no convencen. Hoy
asistimos a una aceleración ulterior de un proceso que ya lleva un tiempo.
Los
presupuestos sobre los que se basaba el orden global y sistémico posterior a la
Segunda Guerra Mundial saltaron hace tiempo, de manera clamorosa a partir de 1989-90.
En ese entonces, luego de la caída de las dictaduras del llamado “socialismo
real” ocasionada por la insurgencia popular, la opinión prevaleciente entre los
comentaristas consistía en que el “triunfo” del llamado “Occidente democrático”
dio inicio a un “nuevo orden mundial” traccionado por Estados Unidos. En
realidad, como sosteníamos a contracorriente en ese entonces, se abría una
nueva época signada por crisis, caos y la emersión de nuevos protagonistas como
China en primer lugar.
Pasados más de
treinta años, el balance para el “Occidente” es desastroso e indica una crisis,
no solo grave sino también definitiva, así como una auténtica decadencia irreversible.
Su mundo se está disgregando e implosionando entre guerras y distintos tipos de
conflictos fuera de control. El amenazante e incontinente especulador inmobiliario
de la Casa Blanca no será el que invierta esta línea de tendencia, sino que la
alimentará.
Lo que los
poderosos remueven con retórica y mentiras es justamente su propia crisis
imparable, que presagia caos y no orden mundial, aunque sea uno opresivo. Es la
misma remoción que, en muchas ocasiones, encontramos en ciertos análisis que –permaneciendo
internos a las lógicas político-estatales– resultan inevitablemente
superficiales y tratan la actual como una crisis contingente de la que
refugiarse. Nuestra mirada, ajena a dichas lógicas, por el contrario, puede partir
de las posibilidades humanas afirmativas, contradicciones inclusive, para
enfrentar los graves peligros del tiempo en el que vivimos.
Publicado originalmente en La Comune (Italia) 462