Mario Lux
El operativo desplegado por las fuerzas represivas en la movilización de los jubilados del 12 de marzo era ya una provocación, una ostentación de la lógica de asesinabilidad que connota a los liberticidas que la sociedad argentina ha colocado en la Casa Rosada. Semejante exhibición de violencia física y de impotencia humana encarnada por estos profesionales del odio los ha empujado a montar burdas patrañas, como inundar de provocadores de civil la movilización y de piedras los alrededores del Congreso, llegando al grotesco de descartar un revólver y dejar abandonado un móvil policial a merced del primer infiltrado dispuesto a incendiarlo. Se trata, en los hechos, de una perversa asociación ilícita encabezada, de un lado, por el dictadorzuelo estafador de Milei –un declarado admirador de la mafia y de los grandes evasores, arrastrado a los pies de Trump, Netanyahu y Musk– y del otro, por su sanguinaria ministra Bullrich. Siempre más dispuestos a mentir, a amedrentar y a matar (los descarados mostraron una guía apócrifa para generar disturbios a nombre del FIT y asociaron el disparo a matar contra el fotógrafo Pablo Grillo a su condición de “militante kirchnerista”) que a resignar un ápice de su aspiración totalitaria, no pueden ocultar, sin embargo, sus vínculos y negocios con bandas criminales.
¿Hasta cuándo la demanda social de “seguridad” será capaz de tolerar a un ministro de justicia como el patriarca Cúneo Libarona, promotor de eliminar la figura del femicidio del Código Penal, defensor de abusadores como Alperovich, así como de narcos y de barrabravas del fútbol condenados por asesinato? ¿Cuánto resulta coherente la exigencia de “mano dura” mientras el promotor de “cárcel o bala”, Espert, acostumbra a financiar sus campañas electorales con dinero proveniente del Cártel de Sinaloa? ¿No es absurda la ilusión de que una convivencia social más armónica pueda quedar en manos de un personaje siniestro como Patricia Bullrich, capaz de justificar asesinatos como el de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel y toda expresión de violencia institucional contra quienes no se someten?
Como en las canchas de fútbol, pero elevado a la enésima potencia, la barbarie barrabrava anida en las instituciones opresivas de una burguesía en imparable descomposición. La violencia homicida latente, las connivencias y la impunidad se conjugan en un cóctel explosivo, que suele encontrar complicidad y contaminar las conciencias de los de abajo. Como en las tribunas.
La unidad de las fuerzas de izquierda y populares exigiendo la caída de Bullrich y de su infame protocolo es un indispensable primer paso para cuidarnos, junto a los jubilados y a las personas que luchan por la libertad y el bien común, cerrándole el paso a la peste fascistoide. Están en juego nuestra integridad y dignidad humanas.