Ignacio Ríos
Los movimientos
de los poderosos del mundo en relación con la guerra en Ucrania están siendo
incomprensibles. La asunción de Trump provocó un cambio. Si anteriormente el
mundo occidental se batía claramente del lado de Kiev, ahora está, por lo
menos, dividido: el alocado presidente yanqui se pelea con Zelensky a la vista
de todos, reclama territorios y dinero invertido y hasta parece estar más
cómodo con Putin. Mientras, la Unión Europea trata de reacomodarse torpemente
disponiendo ingentes inversiones en armamento. Pese a todo, Trump y Zelensky se
pusieron de acuerdo en un temporal alto el fuego que habrá que ver en qué
termina ya que Putin no quiere ceder. Un indicio de que EEUU dejó de ser la
potencia hegemónica, ya que no puede imponer sus posiciones como antes y sus
sanciones ya no asustan tanto.
Atención con
concluir en que, ante este panorama, Trump quiere sacar el dedo del gatillo.
Por estos días, Estados Unidos inició una gran operación de bombardeo contra
las guerrillas hutíes de Yemen, mientras el Secretario de Defensa Pete Hegseth
alardea amenazadoramente contra Teherán por las redes sociales. Quizás Trump
quiera enfocarse en su enemigo primordial: Irán.
Pero lo que
realmente resalta es que no hay plan en el mediano ni en el largo plazo,
tampoco coordinación entre los aliados occidentales. La negociación por el alto
el fuego es un recurso poco firme y concluyente frente a un conflicto que está durando
demasiado ante la incapacidad de la diplomacia y la política decadente.
Estas señales
del caos de los poderosos que traen cada vez más guerras se combinan con otras.
Según recientes encuestas, la mitad de la población ucraniana estaría dispuesta
a terminar el conflicto inmediatamente. Ello demuestra un franco retroceso del
discurso nacionalista y belicista de Zelensky, pero también cuán ajenas son las
guerras a la proyección de la vida que todas las personas piensan, intuyen y
desean.