Hay millones de seres humanos en el mundo cuya cotidianidad es la guerra. Sufren todos los días las bombas y las ametralladoras, el hambre y la sed, el miedo y la falta de atención médica. Se trata, en primer lugar, de la realidad concreta de las y los palestinos de Gaza, pero también de quienes habitan algunas zonas de Ucrania y de los casi setenta conflictos en curso, que en gran medida se encuentran en África. Son guerras que se hacen caóticas y crónicas.
Hay gobiernos, los de las naciones más poderosas del mundo, que están acelerando su carrera armamentística. Aumentan sus gastos militares mientras se deteriora la calidad de sus sistemas de salud. Estos poderosos no pueden ni quieren parar las guerras. Solo saben traducir su poder en capacidad de matar, no de ofrecer una vida digna. Es el síntoma de la crisis definitiva que viven, y para intentar taparla, echan más nafta al fuego.
Hay otros millones de personas que viven situaciones de violencia concentrada: patriarcal, racista, criminal, narco. Se da en muchísimos barrios (dentro y fuera de las casas), en los caminos que emprenden las y los inmigrantes, en los campos y las fábricas donde la explotación es casi esclavitud, y tantos otros lugares.
Y hay una inmensa mayoría humana que tiene cada día la percepción del peligro que significa vivir en las condiciones que imponen las castas dominantes –empresarias y políticas– a lo largo y ancho del planeta.
Hay en este país una falsa conciencia de que las guerras están lejos. Es una idea egoísta y equivocada. La guerra es un hecho aberrante pero humano y, en cuanto tal, afecta la humanidad de todas y todos. Es la matriz de la lógica bélica que atraviesa cada día la vida en múltiples aspectos.
Hay personas que con mucho coraje están exigiendo la paz. Sobre todo, los miles de palestinos que se movilizan en Gaza contra la guerra y contra Hamas desafiando la dictadura teocrática y ultrareaccionaria de estos últimos. También se expresan así los pacifistas israelíes, que denuncian a Netanyahu y la ocupación, entre ellos muchos familiares de rehenes e incluso exrehenes. Ellos necesitan todo nuestro apoyo y solidaridad sin titubeos.
No hay prácticamente izquierdas en Argentina que comprendan este rasgo principal del derrumbe de Occidente ni la primordial exigencia humana de paz para emprender un camino verdaderamente alternativo de vivibilidad. Asumen las guerras de los opresores y se ubican del lado de uno de los contendientes reaccionarios. No es posible decirse revolucionarios y apoyar a Hamas que, habiendo surgido con otra naturaleza y otras finalidades, hoy oprime salvajemente al pueblo palestino en clave simétrica opuesta a como lo hace el estado nazi-sionista de Israel.
Hoy es fundamental un compromiso activo para detener las guerras. Un inmediato alto al fuego puede representar la salvación de miles de vidas. Ocuparse bien del bien de las personas más cercanas puede decididamente fortalecerse, si se parte de una visión cálida y sentida de nuestra común humanidad diferente.
Esta búsqueda puede profundizarse y expandirse gracias a un compromiso de pacificación cotidiano individual, relacional y colectivo en cada lugar de nuestra vida. El objetivo es liberar los recursos humanos más benéficos –la empatía, la solidaridad, el conocimiento, la colaboración y la solidaridad– que están cada vez más tapados por los mensajes venenosos que propagan los poderosos (sobre todo vía web) y restarle espacio a la violencia y a los violentos. Por eso, la búsqueda de pacificación es también una clave para ejercer la autodefensa ante la represión estatal y el violentismo difundido, pero, sobre todo, sienta las bases para posibles comuniones benéficas y duraderas. Nosotras y nosotros ya hemos comenzado ese compromiso. Te proponemos hacerlo juntos.
Comité de Redacción