Con el papa Francisco se va el último gigante entre los poderosos de la Tierra.
De hecho resulta raro incluirlo en ese grupo. Es decir, compararlo con los dominadores insensibles e insaciables, instrumentales y distantes, con frecuencia incapaces pero no por ello menos prepotentes. Desde un punto de vista personal y pastoral, Bergoglio se mostró como alguien distinto: basta pensar en la profunda humanidad que demostró hacia los hermanos y las hermanas que sufren y emigran en el mundo, aunque nunca se haya distanciado del mundo de los poderosos opresivos.
A pesar de que sinceramente
profesó y practicó la bondad hacia los últimos, viajando en numerosas ocasiones
para demostrar su cercanía, no quiso ni pudo infringir la jaula de la
institución que guiaba. Claramente la prueba más rotunda es la postura
patriarcal y opresiva manifestada contra el género femenino, a pesar de pequeñas
e iniciales concesiones. Una demostración de la gigantesca e irreparable
contradicción de la religión católica que, aun definiendo a la Virgen María
nada menos que como “madre de Dios”, no saca conclusiones en cuanto a la
consideración del rol de las mujeres a su interior, para no hablar de la
tenacidad antiabortista que tantos daños ha causado en el mundo, en África en
primer lugar.
En cambio, el Papa argentino fue
muy claro y coherente en su posicionamiento contra todas las guerras,
denunciando sin descanso las masacres, la destrucción y las fechorías que las
acompañan. De la misma forma, se mostró atento y preocupado por la condición
juvenil, aunque, al mismo tiempo, tuvo una postura contradictoria ante el
comportamiento homosexual. En general su pontificado se distinguió por propagar
una línea en algunos aspectos progresista para la institución eclesiástica,
pero sin saber, querer o poder aplicarla debido a sus reparos y vacilaciones,
los varios obstáculos burocráticos y la resistencia activa de los poderosos
sectores reaccionarios del clero en todos los niveles. Que haya sido un
pontífice centralizador no debe sorprender dado el carácter absolutista del cargo
que ocupaba.
La peculiaridad de esta
personalidad, que pasará a la historia no solo eclesiástica, tiene sus raíces
también en la inédita y particular combinación entre el rigor y el coraje combativo
de la Compañía de Jesús, de la que provenía, y la humildad prestada del
franciscanismo que adoptó.
El próximo cónclave, escenario de
batalla entre progresistas y reaccionarios, nos hablará del futuro de una
Iglesia en grandes dificultades, entre el derrumbe de Occidente, la crisis de
las vocaciones y de la participación en los ritos, el crecimiento de otras
religiones –desde el islam hasta el hinduismo– y la multiplicación de variantes
sectarias del cristianismo.
Una cosa, sin embargo, es
irrefutable: no hay a la vista, ni siquiera previstos, gigantes de la talla de
Bergoglio. Lo recordaremos en su estatura moral y en sus contradicciones
irreparables.
Corriente Humanista Socialista