Cristina Gabelloni
Esther Ballestrino (1918-1977) fue una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, que surge de la iniciativa de mujeres como Esther, Azucena Villaflor, María Ponce y otras madres bajo la última dictadura militar en Argentina (1976-1983). Juntas comenzaron un valiente compromiso colectivo y solidario por la búsqueda de sus hijas/os desaparecidos, encontrándose y conociéndose mientras exigían y les negaban información; y luego organizando las rondas de los jueves en la Plaza. En el caso de Esther, ya desde muy joven había elegido un compromiso solidario como pionera de la lucha de las mujeres contra el machismo en Paraguay –su país de origen–, organizando allí el Movimiento Femenino. O bien impulsando la solidaridad con los exiliados paraguayos en Argentina desde 1947, año en que debió refugiarse en Buenos Aires. Pero bajo la dictadura, el secuestro de dos de sus yernos en 1976 y el de su hija Ana en junio de 1977 la impulsaron a abrazar esta nueva militancia.
En septiembre de ese año, Ana es liberada gracias a la incansable búsqueda de Esther, quien decide acompañar a su hija al exilio en Brasil y Suecia para luego regresar nuevamente a Argentina. “Quiero luchar hasta que aparezcan todos los desaparecidos, ahora todos son mis hijos”, fueron sus amorosas palabras.
Pero este protagonismo es algo que la dictadura necesitaba castigar y en diciembre de 1977 el grupo de tareas de Astiz la secuestra junto a otras madres y activistas en la Iglesia de la Santa Cruz, dando un golpe importante a los organismos de derechos humanos que, a pesar de esta pérdida, decidieron continuar. Décadas después, en 2005, sus restos fueron identificados –con fracturas compatibles con las de las víctimas de los “vuelos de la muerte”– y enterrados en el jardín de dicha iglesia.
Esther Ballestrino es un ejemplo de entereza y audacia que hoy podemos valorar mejor gracias a las charlas y testimonios de su hija Ana Careaga en el juicio a las juntas: “Crecí en una casa de puertas abiertas donde se vivía la militancia como una opción de vida cotidiana (…) fue un privilegio para mí”.
Saber de su personalidad, del coraje con el que eligió jugarse y vivir su bien unido al de los demás, es un estímulo precioso para descubrir con más determinación nuestros mejores recursos humanos, más aún en un contexto difícil como el actual.