Estados Unidos: economía sin teoría y a la deriva

 



Facundo Esteban

Puede sorprender el nivel de improvisación. Hasta resulta inverosímil para los analistas inmersos en las dinámicas cotidianas. Algunos de los fundamentos de la política económica de la nación más poderosa de la tierra desaparecieron de la noche a la mañana gracias a una lista de aranceles al comercio internacional calculados a partir de una ecuación de una simplicidad grotesca. Ningún interesado puede quejarse de falta de aviso: Trump anunció sus políticas “proteccionistas” (en clave no solo comercial sino también racista y antiinmigrante) durante toda la campaña electoral que lo llevó a la presidencia.

Apenas unos días después, el mismo presidente se vio obligado a anunciar que las medidas quedaban suspendidas durante noventa días, con la notable excepción de China, país con el que persiste una escalada tarifaria hostil. El retroceso se dio en medio de un pánico internacional en el que el mercado financiero “perdió” un valor similar a la suma de los PBI de Francia y España. El daño real va mucho más allá: las consecuencias seguramente afectarán en mayor grado a las economías de algunos de los países más pobres del mundo. Por otro lado, la ligereza de las medidas y la imprevisión resintieron notablemente la posición de EEUU como garante de la economía y el intercambio internacional.

La reconfiguración del sistema económico mundial luego de la Segunda Guerra tuvo como uno de sus principales objetivos que las empresas norteamericanas pudieran comerciar, operar y obtener beneficios sin restricciones en cualquier lugar del planeta. La premisa de un orden capitalista mundial regido por los EEUU y con el dólar como moneda de referencia e intercambio ordenó la visión política interna y permitió al Departamento de Estado trazar sus objetivos durante varias décadas.

Eufemismos como “exportar la democracia”, “libertad económica”, “equilibrio fiscal”, “seguridad jurídica” y otros, a los que tan acostumbrados estamos en este país, transformaron teorías económicas y políticas de dudosa verificabilidad en leyes del mercado que requerirían la aplicación de recetas predefinidas. En ese marco, la economía fue y es utilizada en un sistema de premios y castigos que permitió, mientras se obtenían pingües beneficios, alinear a terceros países de acuerdo con sus intereses. La economía se transformó casi en una pseudociencia despojada de su contenido humano.

La idea de proteccionismo trumpista, que parte del desconocimiento profundo (incluso en términos de economía política burguesa) de los factores elementales que movilizan la actual economía norteamericana, sirve de muestra de la incapacidad tanto de comprender la dinámica mundial como de planificar algún tipo de hipótesis de dominio. Paradójicamente, las simplistas teorías aducidas por el presidente y sus acólitos siguen siendo encomiadas por los principales representantes de la burguesía norteamericana, incluyendo a Wall Street y a los hombres “más ricos e inteligentes del mundo”, los empresarios de Silicon Valley.

La dinámica de la principal economía mundial se encuentra en manos de un presidente y su gabinete que muestran comportamientos erráticos, caprichosos, ignorantes y prepotentes. Esta situación se potencia en un mercado financiero que es capaz de encresparse por un simple mensaje en las redes sociales, a través de miles de operaciones automatizadas dictadas en milisegundos por la inteligencia artificial. Las consecuencias de esta deriva tormentosa se vuelven aún más imprevisibles en plena escalada con China, la segunda economía mundial. Sin embargo, la sintomática falta de respuestas críticas por parte del establishment político (incluso desde el Partido Demócrata) hace presumir que la decadencia del poder norteamericano no se detendrá.