Ignacio Ríos
Cuando Mario Vargas Llosa falleció el 13 de abril se fue un titán de la literatura. Fue uno de los mayores exponentes del “boom latinoamericano” sin por ello dejar de ser un escritor e intelectual de visión universal, como pocos quedan en estos tiempos de decadencia cultural. Uno en el que se concentraban contrastes y paradojas, algunas de ellas muy amargas.
El joven Vargas Llosa era de izquierda. Pero, como rescatan la mayoría de las crónicas, fue un punto de inflexión el caso de Heberto Padilla, aquel poeta cubano apresado por sus críticas al régimen castrista a inicios de los 70. Vargas, así como otros escritores e intelectuales, tuvo una posición digna en defensa de la libertad de expresión, que podría haber derivado en una postura de izquierda alternativa al estalinismo caribeño de Fidel. Así se diferenció de García Márquez, a quien unos años después le propinó un famoso puñetazo (aunque más bien fue por una riña entre machos y patriarcas latinos como eran ambos, quizás “Gabo” un poco más burdo). Sin embargo, el gran escritor peruano eligió otro camino que lo llevó a tomar distancia de la izquierda en todas sus formas. En ocasiones hasta ridiculizándola, algo palpable en los destinos malogrados de algunos de sus personajes, como el trotskista Mayta o el anarquista Galileo Gall.
He aquí una severa contradicción en su vida y obra. En muchas de sus novelas, Vargas Llosa supo retratar la corrupción de los regímenes autoritarios y la ferocidad de las dictaduras, así como los intentos de reacción y sustracción desde abajo. La ciudad y los perros es un contundente alegato contra la violencia de los internados militares. En la reciente Tiempos recios cuenta del golpe de estado de Guatemala en 1954. En El Paraíso en la otra esquina nos habla de la figura de Flora Tristán y en El sueño del celta, de Roger Casement y de sus denuncias contra el racismo esclavista en el Congo y el Putumayo. Sin embargo, en su pensamiento y acción política (hasta dio pelea por la presidencia de Perú en 1990), era un ferviente defensor de las ideas y caminos que también provocan esos mismos males que retrató, con una ingenuidad rayana en el cinismo. Fascinado por Margaret Thatcher, era un conservador liberal defensor a ultranza del progreso capitalista basado en el libre mercado. Afín a la derecha española, llamó a votar por Keiko Fujimori, prefería a Bolsonaro por sobre Lula, se lamentó por la derrota de Kast en Chile y apoyó a Milei. También tenía una postura mezquina sobre la inmigración. Para él, los inmigrantes latinoamericanos deberían pedir reformas promercado en sus países de origen en vez de probar suerte en Estados Unidos. No es una cuestión menor: esta insensibilidad, sumada a su desinterés por la emersión femenina, hizo imposible que, a pesar de su elevado nivel cultural, lograra entender y relacionarse con las fuerzas y dinámicas humanas de fondo.
Al mismo tiempo, se oponía a Trump porque lo consideraba un peligro para la democracia, denunció las prácticas del ejército yanqui en Irak y era especialmente sensible con Palestina. En una de sus últimas columnas en El País se mostraba muy preocupado por la proliferación de las guerras (en primer lugar, por Gaza y Ucrania) y la posibilidad de un conflicto nuclear ocasionado por la insensatez y barbarie de los políticos que desprecian la vida humana.
Me quedo con la genialidad de sus novelas, esas que me permitieron conocer algo más de la realidad latinoamericana, caminar por las calles de Lima, Piura y de otros lugares a los que nunca fui, escuchar a personajes que nunca vi, también enojándome con sus opiniones en otros terrenos. Creo que, por ello, lo más justo es terminar recomendando otras de sus novelas, además de las ya citadas: la que quizás sea su obra más famosa, Conversación en La Catedral –fascinante disección de la sociedad y de la política peruana de mediados del siglo xx–, La Fiesta del Chivo, sobre la dictadura de Trujillo en República Dominicana, y la extraordinaria La guerra del fin del mundo, acerca de la rebelión de una comunidad religiosa contra el Estado brasileño.