Carla Longobardo
Esta vez, al funeral del jefe de la Iglesia católica –para sus fieles, el vicario del hijo de Dios en la tierra– solo faltaron los jefes de Estado que tienen una orden de captura internacional por crímenes de guerra (lo que les permitió actuar con tranquilidad y ese mismo día continuaron ordenando bombardeos contra Kiev y Gaza).
Esta vez, mucho más que con la muerte de Wojtyla en 2005, las exequias del Papa confirmaron una ley de la decadencia contemporánea: más se derrumban las áridas y corruptas instituciones políticas, más se erige por contraste la figura del pontífice, líder no solo para sus adeptos. Más agoniza Occidente, más la Iglesia, “haciendo equilibrio” entre el norte y el sur del mundo, intenta desmarcarse de su ruina (sin por esto poder resolver las propias crisis, en primer lugar, la caída vertical del número de fieles).
Esta vez, los así llamados Grandes, políticos ávidos de interceptar un poco de la luz emanada por el jefe espiritual más popular del planeta, aprovecharon además los entretelones de la liturgia para montar dentro de la basílica –con la convencida aprobación de la curia– la pantomima de comerciantes de bombas y de nacionalismos extremos travestidos de “mediadores de la paz”. Esto fue aplaudido por sorprendidos laicos, embobados frente al milagro de la tregua en los conflictos sin fin.
Los orígenes humanos
La despedida a Francisco tuvo una enorme atención mediática y una difundida y sentida participación popular debido también al peculiar carisma de un Papa que buscó una sintonía con toda la humanidad y no solo con su rebaño. Por haber sido una persona coherente e intolerante a la pompa jerárquica: como obispo viajaba en subte y como Papa usaba calzado común y corriente para caminar entre la gente fuera de los límites de la Iglesia, mucho más que Juan Pablo II; no vivió en el Palacio Vaticano y quiso ser sepultado fuera de sus muros.
Pero la estatura de un pontífice es incomparable con la de un líder político (mucho más hoy) también porque refleja la del Todopoderoso: la fascinación que tiene esta idea en los corazones y las mentes de los seres humanos, todos necesitados de creer en el bien, incluso más allá de la propia existencia. El poder religioso refleja de algún modo la inmensa capacidad humana de trascender en el espacio y en el tiempo, de ir hacia el otro (y a menudo también hacia el cielo), de anhelar el sueño de un bien infinito.
Dimensión ignorada, despreciada o incomprensible por y para quien mira a los aparatos religiosos como una réplica de los económicos y políticos, para quien no quiere medirse con las esencias humanas y los sentimientos en los que estos se basan y que distorsionan. La izquierda habla de Francisco como “traficante del opio de los pueblos” (sin preguntarse por qué hay tantos millones de “consumidores”). O bien se exalta a Bergoglio y se inclinan ante él como si fuese un líder político-social revolucionario.
Humanamente todo es más complejo. En los próximos tiempos las preguntas se complicarán. Más allá del slogan mediático sobre el éxito del “Papa de los pobres”, valdrá la pena interrogarse sobre cuánto se arraigó el mensaje evangélico originario, sobre cuánta llegada tengan aún las palabras de aquel judío revolucionario llamado Jesús, cuyo discurso subvirtió el orden opresivo y elevó a los desheredados al rango de beatos. Sobre cuánto inspira el ejemplo de aquel que supo expulsar a los vendedores del templo y que generaba escándalo hablando con las mujeres, incluso con aquellas consideradas “perdidas”, las últimas entre los últimos.
El género femenino, primero en relación al cuidado de la vida humana, aun es excluido del poder del clero de los Padres. Bergoglio no dejó de obstaculizar el derecho de las mujeres a elegir procrear y cuándo hacerlo, algunas veces comparando a quienes lo ejercían con asesinos y traficantes de armas. El luminoso Papa de la acogida era también el sombrío jefe de una de las más prepotentes instituciones machistas y patriarcales. Contradicciones irremediables en la Iglesia tal como la conocemos.
Publicado originalmente en La Comune (Italia) 466