Primariedad femenina: un rico expertise

 



Ana Gilly

Hace poco, Trump anunció que aumentará de manera inmediata los aranceles a los productos extranjeros y las bolsas bursátiles se derrumbaron. Al otro día, aclaró: en realidad, dependerá del tamaño del paquete, de ahí que los valores se congelaron. Horas más tarde dijo que mejor todavía no haría nada, entonces las bolsas subieron. Pasado un rato se retractó y aumentó los montos que había anunciado anteriormente. También amenazó: para los Estados que tomen represalias será peor. Veinticuatro horas después, suspende temporariamente las medidas porque “la gente se estaba asustando un poco”… Irracionalidad y explotación, incertidumbre e inhumanidad. Esas son algunas características sobresalientes de la economía capitalista salvaje de la burguesía decadente. 

Pienso: ¿qué hubiera pasado si, por ejemplo, durante mi infancia, mi madre hubiese pensado la economía cotidiana de la manera en que lo hacen Trump y los desquiciados que lo siguen? ¿Y si todas las mujeres hicieran lo mismo? Las decisiones tomadas (más aún en épocas difíciles) serían descabelladas, sin proyección alguna y, sobre todo, despojadas de cualquier atisbo de humanidad. ¿Comerían las/os niñas/os todos los días? ¿Tendrían abrigo suficiente? ¿Cómo podrían los abuelos cuidar su salud? ¿Habría casas seguras? Entonces… ¿será que podemos rastrear en el género femenino, primero en garantizar la vida material de todos, un rico expertise para pensar una economía más humana? 

Probemos. Más humana: si incluso en condiciones muy precarias la humanidad sigue viviendo, es porque las mujeres, tendencialmente, eligen compartir e intercambiar los (escasos) recursos con que cuentan. Más humana porque late con más fuerza el amor por la vida y por los suyos y así dan valor real –valor de uso, valor sentimental, valor práctico– a las cosas y los objetos. Porque ponen a la obra la memoria y la creatividad para proveerse, para cuidar lo que gusta, lo que resulta útil y conservarlo pensando en el futuro. Más humana, sobre todo, porque el punto de partida y de llegada para pensar los recursos materiales son las personas que ellas cuidan y ayudan a crecer, en distintas etapas de la vida. Subrayo lo dicho: “tendencialmente”. No todas las mujeres, ni siempre. Porque hay también, cómo no, quienes son voraces consumidoras y quienes son, las menos, indignas explotadoras. Pero no creo exagerar: si, por el contrario, prevaleciera como práctica cotidiana femenina el acaparar, mezquinar, lucrar y derrochar, muy probablemente nuestra especie viviría en condiciones aún más vulnerables. 

Si nos disponemos a observar mejor y reconocer la primariedad femenina también en la esfera material de nuestra existencia, estaremos en mejores condiciones de pensar y empezar a experimentar una idea y una práctica de la economía ligada a la cooperación y a la amistad, a la ayuda mutua y al bien para todos. Lejos (y en la vereda de enfrente) de los inhumanos opresores.