Cecilia Buttazzoni
En las últimas semanas se conoció el macabro caso del rancho Izaguirre en Teuchitlán, ubicado a una hora de la ciudad mexicana de Guadalajara. En la finca funcionaba un centro de entrenamiento y exterminio de la organización criminal Cártel Jalisco Nueva Generación que, se calcula, reclutó unos 1500 jóvenes –muchos engañados con promesas de trabajo– para instruirlos en el crimen organizado. El allanamiento policial del predio se llevó a cabo en septiembre del año pasado por las insistentes denuncias de organizaciones y familiares de personas desaparecidas, pero su operativo ocultó por meses el horror que encerraba el rancho. No obstante, la búsqueda de la verdad comenzó a asomar a principios de este año gracias a las investigaciones y excavaciones –independientes de los organismos estatales– de los colectivos Las Madres Buscadoras y Los Guerreros Buscadores Unidos. Estos hallaron restos humanos calcinados bajo capas de tierra y lozas de ladrillos, así como cientos de objetos personales de todo tipo como calzados, mochilas, cuadernos y cartas de personas todavía no identificadas.
La noticia se enmarca dentro del trágico registro mexicano de más de 127.000 personas desaparecidas. El 97% de estos casos es posterior al 2006, cuando el entonces presidente Felipe Calderón declaró la “guerra contra el narcotráfico”, desatando la violencia en las calles. Desde entonces, la criminalidad continúa escalando, con la descarada complicidad y protección de las fuerzas represivas. Pero, el horror de lo sucedido en el rancho de Izaguirre despertó la reacción de las personas sensibles que se manifestaron en distintas ciudades del país exigiendo justicia para las víctimas. Las protestas fueron protagonizadas por las más de 200 organizaciones y colectivos –en su mayoría de mujeres– que se comprometen cotidianamente en la búsqueda de personas, grupos solidarios que enfrentan todo tipo de obstáculos y amenazas de muerte, con un fatal saldo de veintiocho activistas asesinados en los últimos años.
Conocer el terror sufrido en el rancho de Izaguirre es devastador. Por la violencia, la degeneración y la muerte que provocan los cárteles de la droga, así como por la impunidad y la connivencia con la policía y las instituciones. Sin embargo, es necesario reconocer en primer lugar el compromiso, el coraje y la reacción de las personas y los colectivos que defienden la vida, y hacen emerger la verdad y la justicia ante el silencio de las instituciones narcoestatales y sus negocios compartidos con las bandas criminales.