Tomás Moresco
¿Cuántas veces viajamos en colectivo hacia un nuevo
lugar y nos preguntamos en qué parada tenemos que bajar? ¿Cuántas veces vamos caminando
por la calle y alguien desorientado nos consulta dónde queda una avenida, un
parque o un supermercado? ¿Cuántas veces un vecino amable nos ayuda a encontrar
la verdulería más barata, el parque más lindo o la mejor casa de pastas del
barrio?
Orientarnos en el mundo que nos rodea es una
capacidad humana fundamental que usamos cotidianamente, no solo en nuestro
propio beneficio, sino en el de otras personas, conocidas y no tanto, que
solicitan nuestra ayuda. Implica poner en juego recursos diversos como la atención
y los cinco sentidos primarios, y también facultades como la memoria, la
creatividad, la inteligencia... Pero ¿no damos a menudo por sentada esta
capacidad? Subestimamos muchas veces el placer de descubrir el propio espacio
que habitamos o, por el contrario, el potencial riesgo que implica adentrarnos en
lugares completamente desconocidos. Además, solemos olvidar o infravalorar que
nuestras habilidades cognitivas se exaltan y enriquecen al ponerlas en práctica
junto con los demás.
En los tiempos que corren, la mayor parte de las
personas delega su sentido de la orientación en las tecnologías digitales.
Transportarnos, viajar, conocer lugares por primera vez se vuelven meras tareas
que el smartphone resuelve por nosotros. La mirada y la atención, en lugar de dirigirse
hacia el paisaje, el camino o las personas que nos rodean, se encuentran fijas
en la pantalla para seguir al pie de la letra, con total pasividad, la ruta que
la aplicación más popular selecciona por nosotros: la más rápida, la más
eficiente, la que supuestamente nos hace perder menos tiempo. Porque ¿quién no quisiera
llegar a su destino lo más pronto posible? A menudo, no nos molestamos en pedir
a otro ser humano que nos oriente porque nos resulta mucho más fácil
preguntarle al GPS o al celular.
Pero esta delegación en lo digital, que promete
comodidad, velocidad y sencillez, comporta vivir cada vez más desconectados,
más aislados, más solitarios: erosiona y distorsiona nuestras capacidades
íntimas a la vez que nos ensimisma y nos distancia de los otros.
Aprender a cultivar un mejor sentido de la
orientación es un desafío cotidiano y especialmente exigente, y no basta solo
con ser más conscientes de los peligros y distorsiones: hace falta hacer un
esfuerzo por sustraernos de las tecnologías alienantes, con tenacidad y coraje,
en primera persona, concretamente. A la hora de orientarnos, en particular, redescubrir
nuestra sensorialidad primaria y nuestras facultades y reencontrarnos en
solidaridad y colaboración con otras personas puede ser un pequeño paso hacia la
rehabilitación y el desarrollo de nuestros mejores recursos humanos.