Tomás Moresco
En nuestra sociedad, el dinero sirve a modo de intercambio y lo usamos cotidianamente. Pero no solo es útil para comprar y vender, sino también cuando queremos darle una mano a los demás, poniendo en práctica la generosidad: desde prestarle a amigos o familiares hasta colaborar con quien nos pide una ayuda en la calle; o, ¿por qué no?, al donar a un comedor comunitario o a una organización solidaria.
Hoy una parte cada vez mayor de la población prefiere, por su tan celebrada comodidad, el dinero en formato digital. Las billeteras virtuales, con Mercado Pago a la cabeza y MODO pisándole los talones, están viviendo su auge en desmedro del dinero en efectivo. Pero ¿a quién beneficia en realidad esta tendencia?
Tanto el empresariado como el Estado, siempre ávidos de mayores ganancias y empecinados en el sometimiento de las personas, ven en esta virtualización una herramienta para rastrear y controlar nuestras transacciones de manera más fácil y sistemática, así como para alimentar el consumismo y el derroche. No es casual que se esté dando una competencia desenfrenada y mezquina entre Galperín y los bancos por administrar una porción cada vez mayor de nuestro dinero, además de nuestros datos biométricos (huella digital, rostro, etc.). Si pensamos cuánto contribuye este fenómeno a recrudecer la creciente hiperdependencia de internet y de los smartphones, el panorama resulta aún más alarmante.
En nuestro intento por humanizarnos frente a la invasión digital, el uso del dinero virtual es una práctica de la que queremos sustraernos. Empezando a preferir el efectivo y el intercambio cara a cara, tratando de ser más conscientes al usar nuestro dinero y redescubriendo el bien de la solidaridad y la gratitud, quizá podamos renovar el desafío de vivir más íntegramente nuestra relación con la materialidad.