Anabel Cubero
Socialismo Libertario, Madrid
Madrid. El lunes 28 de abril, a las 12:32 de la
mañana, se esfumaron de repente 15 gigavatios de energía eléctrica, el equivalente
al 60% de la energía producida en la península ibérica. Por primera vez en su historia,
la península se quedó sin luz durante 12-14 horas. Todavía no se saben las
causas de lo que ocurrió, pero lo que sí se sabe es que las personas reaccionaron
sin miedo. La mayoría trató de ayudar al que tenía al lado: profesionales de
todos los sectores, desde los maquinistas de metro y los conductores de
autobuses hasta los bomberos y policías municipales, también los médicos/as,
enfermeras/os, maestros y maestras pusieron lo mejor de su parte para abordar esta
emergencia: pensar el peligro que representaban los semáforos apagados y el
riesgo, entonces, de cruzar la calle.
El ambiente era de calma y de difundida
solidaridad, sobre todo entre vecinos y vecinas: algunos aportando alimentos, otros
ayudando a los ancianos en dificultad. De hecho, algunas peluquerías sacaron
sillas a las aceras y arreglaban y cortaban el pelo gratuitamente. En un día
soleado, las mesas en las terrazas de los bares se llenaron, así como los
parques y las calles se convirtieron en espacios para el juego de las niñas y
los niños. Era difícil llegar en horario para recoger a las/los niñas/os a la
salida de los colegios, pero ningún pequeño quedó esperando solo y la jornada
de trabajo de las/los maestras/os se alargó. Las personas se juntaban alrededor
de las viejas radios a transistor para escuchar las noticias. La calma se
respiraba, incluso, en las situaciones más complicadas: como quedarse encerrado
en un tren de alta velocidad parado en un túnel o encerrados en un ascensor a
la espera de ser rescatados. Todo esto contrastaba muchísimo con el silencio
gubernamental y el ruido grosero de la derecha que pedía más policías para
evitar saqueos y violencias. No funcionaron los móviles ni internet, por lo
tanto, tampoco las redes sociales ni los smartphones. En cambio, funcionaba el
dinero en efectivo, las radios con pilas, los megáfonos en las estaciones. “¡Abrazos
y no wifi!” decía una señora. Una escritora diría días después “solo los
analógicos... habríamos estado en condiciones de sobrellevar la situación más
de un día y ayudar a los demás a hacer lo propio... que no es otra cosa que lo
que habría hecho tu abuela”. No sabemos lo que hubiera ocurrido si se alargaba
la emergencia. Sabemos que funcionó, de nuevo, el sentimiento humano, la
solidaridad, las miradas y sonrisas, el apoyo mutuo: lo sensato del hacer de
nuestras abuelas.