Ana Gilly
Son crueles las medidas racistas que alienta el gobierno de Milei. Deja desamparados a los inmigrantes sin papeles coartando el acceso gratuito a los hospitales y acusándolos de venir al país a hacer “tours sanitarios”. Es de canalla dejarlos sin la posibilidad de estudiar en las mismas condiciones que sus pares nativos, endurecer los requisitos para acceder a los permisos de residencia o aligerar las condiciones para la deportación inmediata. La inhumanidad del gobierno raya en el cinismo porque está evaluando la creación de una “visa de inversión”: es decir, todas estas restricciones se esfumarían a cambio de unos millones de pesos. Para coronar este escenario, Bullrich desplegó su arsenal en la frontera norte y puso al mando al grupo militar “Rodillas Negras”, homónimo del grupo de tareas salteño que actuó durante la dictadura militar.
Del otro lado de la vida está la humanidad acogedora de las mujeres que cocinan en los comedores populares y que no piden documentos a la hora de entregar un plato de comida. Los trabajadores del Garrahan, que se declararon en rebeldía dispuestos a seguir atendiendo a niños y niñas de todas las nacionalidades sin condicionamientos. O las/los docentes universitarios que siguen compartiendo sus conocimientos sin requisar los papeles de los estudiantes que los escuchan.
Ante esto, es insuficiente denunciar –como hace gran parte de la izquierda y el progresismo– que la reforma migratoria mileísta tiene como motivación de fondo realizar el ajuste pretendido por el FMI. El racismo está en el ADN de todos los Estados y en esta época se evidencia con toda prepotencia, independientemente de su índice deudor. Sería auspiciable que la izquierda retome sus principios y atice una reacción en pos del internacionalismo, de la unión entre los últimos más allá de las fronteras nacionales. Una cuestión que subestima, también por estar embarcada en la fiebre electoral.
Comprender mejor lo que sucede nos puede permitir reaccionar a la altura de las circunstancias: la de Milei es una avanzada fascistoide que pone en riesgo la vida de los más vulnerables y que fomenta expresiones racistas y xenófobas en la misma sociedad. Es fundamental reaccionar en nombre de la común humanidad diferente que somos, promover la solidaridad y el conocimiento entre personas de diferentes etnias o procedencias, enfrentarse al racismo institucional y también al que brota de las peores expresiones populares. Junto a esto, nosotras y nosotros estamos comprometidos en promover espacios libres para la resistencia, para la pacificación entre las personas comunes, para defendernos de los violentos y para delinear una sociabilidad enriquecida y respetuosa de las diferencias, mientras construimos ámbitos inspirados en la comunión y radicalmente alternativos a la burguesía.