Julia Rohatsch
En el “país de las oportunidades” y en “la tierra de la libertad”, Trump busca “hacer grande nuevamente a Estados Unidos” atacando de manera cobarde a los más débiles. Las viles políticas antiinmigración, y la campaña de deportaciones masivas que emprendió al día siguiente de asumir su segundo mandato el 20 de enero, están atacando de manera inhumana a las/los niñas/ os y adolescentes, ya sean inmigrantes o ciudadanos estadounidenses hijas/os de inmigrantes. Según un informe del Brookings Institution y de la ONG Center for Migration Studies, son 5,62 millones de niños estadounidenses los que viven bajo la amenaza de deportación de su madre y/o su padre.
Conmueve el testimonio de un adolescente, cuyos padres fueron deportados y que decidió quedarse para cumplir el anhelo de ellos y conquistarse un futuro digno sin saber cuándo volverá a rencontrarlos. Es difícil no empatizar con la angustia y la desesperación de una madre a la que el ICE (Servicio de inmigración y control de aduanas) le dio solo un minuto para decidir entre ser deportada a Honduras con su hija de dos años nacida en Estados Unidos o dejarla bajo la custodia del Estado, ya que le negaron el tiempo y la posibilidad de acceder a la ayuda legal y dejar a la niña con su padre, residente con status legal. Indigna saber que 26.000 menores que llegaron solos a la frontera escapando de la violencia, ahora tendrán que defenderse en solitario frente a un juez de inmigración porque la administración Trump canceló los programas de representación legal que los asistían y acompañaban.
En este escenario tan injurioso, alimenta las esperanzas el trabajo solidario y a contrarreloj que cientos de voluntarios de organizaciones no gubernamentales llevan adelante en todo el país. Denuncian la violencia con la que los agentes del ICE realizan las detenciones y deportaciones al mismo tiempo que aportan claridad entre los inmigrantes frente a la confusión informativa que circula sobre todo en las redes sociales, informan y asesoran sobre las pocas vías legales que aún tienen, como la de designar un tutor frente a la posibilidad de ser deportados y buscan contener afectivamente a las personas.
Es difícil permanecer indiferente al trato deshumano con que el Estado norteamericano somete a las niñas y los niños. La niñez es una etapa de la vida en la que las vulnerabilidades se pueden convertir en potencialidades cuando son guiadas con dedicación y afecto. El coraje cotidiano que los niños encuentran para crecer necesita y merece ser alimentado con cuidado y cariño, garantizándoles un entorno seguro en el que puedan desarrollarse libremente.
Este ataque furibundo a las/los niñas/os lacera la humanidad de todas y de todos y es una afrenta contra la dignidad humana. Frente a un Estado que le niega derechos elementales a los más pequeños y que no protege ni siquiera a sus ciudadanos de más corta edad es necesario, más que nunca, afirmar y defender la común humanidad diferente contra todas las fronteras estatales.