Carla Longobardo
Al día siguiente del humo blanco por León XIV, en los medios de
comunicación dominantes prevaleció la óptica reduccionista de las categorías
políticas para encasillar al cardenal Prevost como progresista o reaccionario,
anti-Trump o conservador… El utraderechista Bannon se enfureció contra “las
elecciones de la curia globalista”, las izquierdas sin aire reivindicaron una
línea de continuidad con Bergoglio, los estadistas más xenófobos y guerreros
elogiaron hipócritamente a la Santa Sede…
Una interpretación humana humanista, ni política ni religiosa, debería
tratar de poner el foco los motivos menos contingentes de las elecciones de la
cúpula de la Iglesia católica, la aún más numerosa agregación de fieles en el
planeta, en el actual contexto de cambios vertiginosos, de decadencia de los poderes
opresivos (religiones incluidas). De la breve duración del cónclave se trasluce
la voluntad de trasmitir un mensaje tranquilizador sobre las posibilidades de
una Iglesia unida, un bien que anteponer a las facciones. La elección de León XIV
testimonia el intento de relanzar la presencia católica en el mundo, afirmando su
perfil autónomo, inconfundible respecto de cualquier otra corriente terrena. Robert
Francis Prevost, de 69 años, agustino por formación, estadounidense de nacimiento
y peruano por adopción, ubicado en la senda de su inmediato predecesor, pero
también de Wojtyla y Ratzinger, reúne muchos requisitos para dirigir con
energía esta misión. Presentándose a la plaza de la ciudad eterna y en
transmisión televisiva al mundo comenzó con la fórmula litúrgica del augurio de
paz, repitiendo muchas veces una palabra anhelada por millones de personas
sobre la Tierra. La paz en primer lugar interior, donada por dios a quien cree.
Inmediatamente después, la reivindicación identitaria: “seguidor de Agustín”.
Es decir, uno de los más misóginos padres fundadores de la Iglesia,
obsesionado por la idea de la imperfección y del pecado original, de la
imperfectibilidad humana fuera de dios, de la fe y de la gracia. En la primera
homilía, Prevost expresó desconfianza hacia una espiritualidad sin dios, hacia
quien no cree en la divinidad de Jesús y lo considera solo un superhombre.
En 1891, León XIII había dedicado una encíclica a la “doctrina social”
como respuesta católica para obstaculizar el crecimiento del socialismo entre
los trabajadores; Wojtyla en 1991 recordó el centésimo aniversario para lanzar también
así su cruzada para expandir la presencia del catolicismo en el mundo después
del derrumbe del “socialismo real” (1).
En la actual crisis de valores y en el relativismo generalizado, la
jerarquía intenta relanzar su identidad de Iglesia que ofrece la certeza
absoluta del amor divino, proyecta su papel de faro en las noches del mundo, su
credo en la familia tradicional y en el orden patriarcal. Misionera hacia el
que sufre, acogedora, pero defensora del propio papel.
Publicado originalmente en La Comune (Italia) n.467
(1)
Cfr. Carla Longobardo, Karol alle crociate. Il
Vaticano e la nuova época (Karol en las cruzadas. El Vaticano y la nueva época,
ndt), Prospettiva Edizioni, 1994.