Silvina Maure
Este último 16 de abril, la corte suprema del Reino Unido dictó un fallo de manera unánime declarando que “la definición de mujer debe basarse en el sexo biológico asignado en el nacimiento”. Celebramos que haya primado la cordura frente a la disparatada negación de la pseudoteoría queer. Esta sentencia fue obtenida gracias a la larga batalla legal que ha llevado adelante el grupo de valientes mujeres activistas For Women Scotland contra el gobierno escocés. Por ser una verdad tan cierta pareciera banal enunciarla, sin embargo, en tiempos de deshumanización creciente es importante defenderla y, sobre todo, pensarla mejor. Ser mujeres es una condición biológica. Sí, y es indispensable afirmarlo. Pero no solamente, porque todo lo que refiere a lo humano es interpretado y representado, forma parte de nuestra entereza psicofísica y por eso no se limita a una cuestión meramente funcional.
Pensemos en un ejemplo como la capacidad de contener y dar vida. Esta característica biológica no puede escindirse de cómo impacta y se representa a los otros seres humanos. Por algo, las mujeres (sean madres biológicas o no) son más propensas al cuidado, al crecimiento y desenvolvimiento de los demás, aunque no siempre se haga de la mejor manera.
En la biología también se expresa la diferenciación de nuestra común humanidad. Reconocer que somos dos géneros (y no solo dos sexos) es indispensable para identificar que el femenino es, además, el primero en generar y cuidar la vida.