Ines Freitas (desde San Pablo)
Después de la prohibición durante los años de gobierno de Jair
Bolsonaro, volvió a desarrollarse en San Pablo la Feria Nacional de la Reforma Agraria,
realizada por el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST, uno de los
pocos movimientos que resisten, con dificultades, a la crisis de las izquierdas
brasileras) que hoy tiene alrededor de 400 mil familias asentadas y otras 70
mil acampando a la espera de la legalización de los títulos de propiedad.
Más allá de su dirección burocratizada, el movimiento está conformado por
una base de personas comunes que viven una vida diaria compleja y el
enfrentamiento directo con los grandes latifundistas y agentes del agronegocio
en todo el país. En los últimos años, la autorización para la deforestación y
explotación indiscriminada de minerales, sobre todo en el territorio amazónico,
aumentó la tensión entre el movimiento y el actual gobierno de Lula.
Fui a la Feria para conversar con las mujeres oriundas de distintas localidades
del país, sobre todo aquellas provenientes de la Amazonia brasileña, ya que en
un país de dimensiones continentales ese contacto no siempre es posible. En una
mañana soleada, encontré entre los puestos de frutas, verduras, cereales y
artesanías, mujeres voluntariosas que, siempre con una sonrisa en el rostro,
hablaban de cómo viven, de los desafíos del compromiso y de la vida en
comunidad, de la lucha contra el machismo y el racismo, de su protagonismo
directo en la siembra, cosecha y almacenamiento de la producción de alimentos, de
la búsqueda de protección de la biodiversidad de la selva y de la
multiplicación de los saberes y cuidados con las nuevas generaciones.
En una fase tan difícil de la vida humana, verificar en qué medida la
resiliencia, el coraje, la solidaridad y la hermandad de estas mujeres constituyen
el soporte para la continuidad de un compromiso activo, solo reafirma cuánto el
género femenino une y cualifica la búsqueda de una vida mejor, de dignidad,
justicia y libertad.