“¿Hasta dónde son
capaces de llegar?” es una pregunta que palpita en el corazón de muchas personas
sensibles frente a la crueldad del gobierno de Milei y sus secuaces. Son
capaces de hacer mucho mal, lo estamos verificando. Pueden abandonar a los
niños/as a su suerte cuando se enferman, quitarles el único plato de comida que
obtienen en los comedores comunitarios y pueden, también, asesinarlos a tiros
por la calle y considerarlo como una "acción de legítima defensa".
Pueden pegarle a los/as ancianos/ as mientras los arrojan a la indigencia y, al
mismo tiempo, suprimir la ayuda a quienes afrontan discapacidades. Pueden
enriquecerse hambreando a millones de personas, y pueden despojar a los
inmigrantes de todos sus derechos. Pueden utilizar la fuerza represiva del Estado
contra la libertad de expresión y manifestación y contra las organizaciones populares
y de izquierda. Y pueden contagiar su ignorancia propagando la incultura y la
alienación digital. De todo esto son capaces los opresores, no solo aquí. Pueden
desplegar toda su ferocidad porque adoran la violencia. No es casual que Milei
reivindique el genocidio que está perpetrando Netanyahu en Gaza. Salir del estupor
y hacerse una idea más profunda sobre aquellos que se creen omnipotentes es
clave para enfrentarlos mejor. Es su propia humanidad la que está envilecida, y
buscan arrastrar a todos a sus pesadillas deshumanizantes.
Y nosotros/as,
¿de qué somos capaces? Es una pregunta urgente y, sin embargo, todavía esquiva.
Nos enfrentamos a dilemas cotidianos en los cuales se juega, justamente, nuestra
capacidad de ser más y mejores humanos junto a los demás. Hay señales
alentadoras. Una inmensa minoría en este país está siendo capaz de reaccionar y
elige no ser indiferente a los embates liberfachos: empezando por la multitud
de mujeres que custodia el bienestar de niños/as y adultos/as cotidianamente, reinventando
recursos en la precariedad; siguiendo por quienes se conmueven y movilizan contra
el ataque a los trabajadores del Garrahan, el negacionismo de los crímenes de
la dictadura o la enésima represión a los jubilados; también algunos/as se
encuentran y conforman grupos de base –en los barrios, en los trabajos, en las
universidades– para resistir las medidas del gobierno y ayudarse entre sí. Estos
síntomas sacrosantos de protestas y disensos son fundamentales. Si los pensamos
bien, significan más que una digna capacidad de luchar y denunciar. Pueden ser
expresiones de nuestra entereza humana y combativa si se las interpreta y
alimenta, si se las cultiva y se las defiende, si se ponen a prueba y se
mejoran cotidianamente.
Hoy hace falta
coraje y una elección consciente para rescatarse humanamente y no resignarse a
ser testigos silenciosos de la decadencia. Es un compromiso arduo que puede
desarrollarse unidos/as a otros/as, por ello promovemos ámbitos colectivos de
resistencia y libertad para empezar a probarnos seriamente. Ámbitos estables entre
los jóvenes, mujeres, trabajadores/as y vecinos/as en los cuales aprender a
escucharse, a discutir respetuosamente, a activarse de manera independiente, a
hacer primar la solidaridad contra la divulgación del egoísmo, animando un
espíritu de pacificación desde abajo contra la violencia difundida.
Podemos,
también, si elegimos una lógica de comunión más profunda, reconocer, defender y
afirmar el rol determinante del género femenino en todos los planos de la
existencia, y aprender de ello. Podemos reencontrar y renovar las razones
sentimentales por una vida digna, una conciencia profunda de que somos personas
en relación con tantas otras, y que asociadas podemos descubrir y practicar la
capacidad de conocernos, entendernos, de colaborar recíprocamente. Podemos ser
sujetos activos de solidaridad, de simpatía, de amistad y de amor contra el odio
y la crueldad.
Por último, la
izquierda ¿será capaz de cambiar? Siendo vanguardias, su contribución a la
conciencia sufre una poquedad alarmante. Fuera de la agenda electoral, se
limitan a proponer “la unidad en las luchas” mientras ellos mismos son
incapaces de unirse seriamente. Les exigimos coherencia: si quieren retomar la
senda revolucionaria recogiendo alguna lección de Trotsky, abandonen las
mezquindades políticas y unámonos en un frente único en defensa de la vida y de
las libertades democráticas contra el gobierno liberticida. Y así, hacer valer
un compromiso de izquierda de nuevo tipo, que exprese nuestra alteridad a los
opresores, como hoy hace tanta falta.
Comité de Redacción