El miedo de los censores

 



Griselda López

La libertad de expresión se desdibuja cada día en Argentina. El fotorreportero Pablo Grillo se recupera después del ataque sufrido a manos de las fuerzas represivas en la marcha al Congreso el 12 de marzo. Recientemente, el periodista Hugo Alconada Mon fue víctima de un hackeo tras revelar que el Plan de Inteligencia Nacional podría hacer objeto de espionaje a cualquier crítico de la administración y de las políticas oficiales. Pero el gobierno no es sensible solo a los periodistas. Ian Moche, un niño autista de 12 años, en su crítica pública al titular de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), fue tildado de operador kirchnerista por Milei. Ni el actor más renombrado del país se salva de la furia oficialista. Las perspectivas de Ricardo Darín sobre las políticas económicas fueron respondidas socarronamente por el ministro Caputo.

¡Cuán ofendidos están los miembros del gobierno! Todo los hiere. Detrás de la supuesta fortaleza exhibida a través de la sorna en redes sociales, las armas en las calles y las intimidaciones presenciales y virtuales, solo se esconde la debilidad de no permitirse dudar de sí mismos ni un minuto, diría J. M. Coetzee. Los gobiernos de derecha, en preocupante expansión mundial, representan sin saberlo el decrépito derrumbe de Occidente y ostentan un desprecio a la libertad, propio de los tiempos oscurantistas que, en realidad, nunca fueron realmente afrontados. ¿Cómo entender si no el ataque al libre ejercicio de la reflexión y la crítica, a la disposición y necesidad de compartirlo con otros? La libre expresión nos estimula, nos da a conocer y nos desafía a pensar mejor, a reafirmar nuestras convicciones o a revisarlas. Que el miedo gubernamental no nos silencie, que no nos prive de nuestras ideas, aquellas que nos formamos al calor del intercambio fecundo y el conocimiento con los demás.