Estados Unidos: el quiebre de la fachada valorial


 

Facundo Esteban

Luego de la Segunda Guerra Mundial, la innegable superioridad económica, militar y tecnológica de EEUU vino acompañada por una retórica de “valores universales”: libertad, justicia, prosperidad. Al prestigio de haber coprotagonizado la resistencia contra las potencias del Eje se sumó la exigencia de generar legitimidad para un régimen que se proponía la hegemonía global. Por un lado, la necesidad de reconstruir una razón de Estado superadora tanto de la masacre bélica como de los inauditos crímenes perpetrados durante la contienda dio lugar a un andamiaje jurídico-diplomático supranacional (Juicios de Nuremberg, Convenios de Ginebra, Corte Internacional de Justicia, Carta de la ONU, etc.). Por otra parte, la democracia se (auto)proclamaba como la forma definitiva para la gestión del poder estatal, inseparable de las libertades individuales y de mercado, única garantía para aquellos valores universales. EEUU, mientras sostenía la creación de este andamiaje, lo supeditó a la lógica bélica que, paralelamente, suscitaba golpes de Estado, guerras y regímenes autoritarios en todo el planeta en función de sus intereses.

Hoy, de la mano del presidente Trump, la histórica complicidad de las democracias occidentales con respecto a la expulsión y masacre del pueblo palestino da un salto de calidad. Mientras se apoya abiertamente la limpieza étnica de la Franja de Gaza, dando rienda suelta a Netanyahu y sus secuaces, la infame estrategia sionista de declarar “antisemita” a cualquier crítico del Estado de Israel encuentra ahora un brazo ejecutor y legitimador dispuesto a utilizar estos argumentos para perseguir a opositores dentro de EEUU. A la campaña estatal de persecución a periodistas, universitarios e inmigrantes se le suma también la llegada de herederos de los blancos afrikáners, favorecidos históricamente por el sistema del apartheid sudafricano, bajo el insólito estatus de “refugiados”. No se trata solo de geoestrategia o de una política “radical”: es un derrumbe del sistema de valores que atraviesa los fundamentos de su dominio histórico y los puntos de referencia del Estado nación burgués norteamericano.

La crisis terminal del sistema político, plagado de hipocresías y cada vez más sordo ante las mejores exigencias de las personas, da lugar a esta nueva etapa, en la que un líder que hace de la honestidad brutal su marca de identidad llega a su segundo mandato. Las escandalosas evidencias de la utilización del aparato estatal para su enriquecimiento personal y los múltiples cargos criminales por los que ya fue declarado culpable parecen no hacer mella en su popularidad. Su legitimidad se basa en las reglas de las redes sociales: no importan su racismo, misoginia, egoísmo, prepotencia y un largo etcétera de desvalores, ya que Trump es un líder “auténtico” capaz de expresarse sin tapujos, lejos de la falsedad de los políticos y medios tradicionales. Se expresa así una subjetividad cada vez más frágil, fragmentada y superficial de gran parte de la sociedad norteamericana, incapaz de reconocer valores positivos elementales en medio de la disgregación de los marcos de referencia e identidad tradicionales.