Gaza: una masacre que debe parar

 



Ignacio Ríos

A esta altura, después de iniciada la operación “Carros de Gedeón”, ya no debería haber dudas sobre las intenciones del gobierno de Netanyahu en complicidad con Trump: la limpieza étnica de la Franja de Gaza para liberar de palestinos todo el territorio. Puede convertirse en una riviera turística, como soñaba el presidente de Estados Unidos, o finalmente en aquel “Gran Israel” de los sionistas, definitivamente ya pasado de página el fracasado e hipócrita proyecto de los dos Estados.

Para lograr estos objetivos, está en marcha una carnicería, una guerra genocida, en la que ya es costumbre el bombardeo de hospitales, escuelas y de los caminos por los que los desplazados van y vienen para buscar ayuda, refugio y comida, en un lugar donde está restringido el acceso de alimentos, agua, medicinas, combustible y energía eléctrica.

Una guerra definitiva contra el pueblo palestino en la que se emplean herramientas de última tecnología, como algoritmos de inteligencia artificial para los bombardeos, pero también un recurso propio de numerosas guerras a lo largo de la historia: el hambre.

Israel y Estados Unidos decidieron reemplazar los centros de ayuda humanitaria de la URNWA (Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Medio) y de las diversas ONG por una “Fundación Humanitaria de Gaza” que monopoliza la entrega de alimentos. En vez de los 400 centros de distribución de la ONU, esta fundación de los masacradores dispuso cuatro establecimientos que entregan cantidades miserables. Comestibles insuficientes e inapropiados que, además, necesitan ser cocinados, en un territorio carente de garrafas de gas y con poca madera. Aún así, concurren cientos de miles de personas desesperadas, que corren peligro de recibir disparos de las fuerzas armadas israelíes en medio de los tumultos para agarrar alguna de las miserables cajas de cartón. También puede suceder que bandas armadas se queden con la comida para revenderla en el mercado negro. Estos grupos residuales, simpatizantes del Estado Islámico, han recibido las armas del gobierno israelí con el fin de que haya distintos focos de oposición a Hamas. “¿Qué hay de malo en esto?”, planteó Netanyahu.

El hambre es un arma de guerra, un negocio, una parte cruel de la maquinaria bélica contra los palestinos que afecta particularmente a los niños. Recordemos que el 40% de los habitantes de Gaza tiene menos de 14 años.

Repetimos: no hay duda de lo que buscan. Aún no llega a la barbarie de los campos de exterminio nazis contra los judíos de Europa, pero se le acerca.

Además del salvaje e irresponsable ataque cometido el 7 de octubre de 2023, Hamas es impasible ante tamaño sufrimiento y las decenas de miles de víctimas, a las que piensa reemplazar con nuevos niños y jóvenes palestinos destinados al sacrificio.

Tamaña inhumanidad contrasta con expresiones de solidaridad y cuidado de la vida, de pedidos de alto el fuego y de búsqueda de pacificación y convivencia. Movilizaciones por la paz contra los dos gobiernos en las ciudades de Gaza y también en Tel Aviv y Haifa, en las que ya se habla de crímenes de guerra. Judíos y árabes israelíes que marchan a la frontera llevando algo de la ayuda que los Estados no quieren entregar. Las mujeres palestinas que ponen en pie redes de ayuda comunitaria y se hacen cargo de las niñas y los niños que se quedaron sin sus madres y padres.

Es una encrucijada, un enorme drama y una situación de máximo peligro que invita a posicionarse, a no ser indiferentes y a reaccionar allí donde estemos, empalmando con las mejores iniciativas y movilizaciones. En defensa de la dignidad y de la humanidad de cada uno que se ve interpelada, por el inmediato alto el fuego y el ingreso irrestricto de ayuda humanitaria, contra los Estados y gobiernos criminales y terroristas, en defensa de la existencia de todo un pueblo.