Barbarie en Avellaneda

 



Mario Larroca

Aún sin salir del estupor, nos parece importante intentar comprender humanamente cómo es posible que no más de un centenar de criminales de dos barrabravas de países limítrofes puedan generar semejante escenario de violencia, destrucción y muerte entre miles de personas comunes que asisten a un estadio de fútbol.   

La confabulación mafiosa entre la política (la nacional y la de los clubes), la justicia, la policía, el narcotráfico y las barras bravas es una realidad indiscutible. La delgada y borrosa línea que divide lo legal de lo ilegal – constitutiva de los poderes opresivos democráticos- quedó expuesta anoche en Avellaneda, tanto en la desidia del operativo de “seguridad” como en la liberación de la zona para que los barras de Independiente fueran a masacrar a los pocos hinchas del equipo chileno que quedaban en su tribuna. Lamentablemente, concurrir a la cancha implica, hoy, mucho más que alentar a nuestro equipo preferido. También supone, en los hechos, delegar el cuidado de nuestra integridad en estos mercenarios coligados expertos en difundir asesinabilidad, así como coparticipar involuntariamente en sus oscuros negocios.

Urge entonces el interrogante: ¿Qué ocurre más allá de estos retrógrados asociados, que a la postre son siempre una ínfima minoría, dentro del espectáculo del fútbol? Desgraciadamente una gran mayoría de los espectadores se mantienen indiferentes, optando alternativamente por captar imágenes con el smartphone, casi una prolongación de sus extremidades superiores, y por sumarse a la caterva de insultos misóginos, homofóbicos, xenófobos y nacionalistas, en algunos casos cómplices directos de la barbarie – ¿cómo definir a quien pasa al lado de un ser humano inerte al grito de “si es chileno bien muerto está”? Al momento desconocemos sí es que hubo algún ejemplo de solidaridad entre y con las personas lastimadas y/o angustiadas más allá de su nacionalidad o camiseta de club. Algunos testimonios sueltos de hinchas del “rojo”, indignados con la represión policial que sufrieron al salir el estadio y que asociaban al trato recibido cada miércoles por los jubilados, parece haber sido lo más positivo. Demasiado poco frente a tamaña barbarie.

La sociedad se encuentra desgarrada por el egoísmo y la violencia (siempre cuño patriarcal), a su vez apuntalados por el gobierno cruel de Milei, Patricia Bullrich y sus liberfachos, fanáticos de la lógica bélica. Es una realidad enajenada, cada vez más peligrosa para la gente noble y altruista que quiere convivir en paz y en armonía. De un sector de esta última puede surgir una alternativa clara y determinada de los voluntariosos en defensa de la vida, de la libertad y del bien común, que empiece a hacer cuentas con los criminales del Estado, del mercado y de la sociedad que anidan, también, en las canchas de fútbol.