Tomi M.
Mi amor por la naturaleza se remonta a tiempos muy primarios. Cuenta mi madre que al año y pico ya le pedía que me leyera unos libros de historia natural situados en la biblioteca de mi abuela. Mi sensibilidad hacia los animales se acrecentó cuando nos fuimos, a mis tres años, a vivir al campo. Pasaba horas jugando en el gallinero, con los perros, entre las vacas. Después vinimos a Buenos Aires y desde entonces siempre busco volver a la naturaleza para sentir esa calma y esa maravilla que vivía de chico.
Recuerdo tener ocho años y estar mirando en la tele a un pobre oso polar vagando sobre un témpano en el océano. Recuerdo preguntarle a mi madre por qué el hielo se derretía y su respuesta: “Somos los humanos los que provocamos esto”. Frente a esta noticia, me inundé de indignación hacia nosotros: “¿Cómo puede ser que estemos destruyéndo todo?”
Mucho tiempo llevé conmigo ese rencor, pensándonos como enemigos natos de la naturaleza. Hasta que, años más tarde, conocí a un grupo de “locos” que difundían este periódico, se juntaban a leer sobre la historia de la especie, las relaciones humanas, los sentimientos, las revoluciones. De a poco, la forma en que empecé a pensarnos y a pensarme como parte de la especie humana fue cambiando. Nosotros no estamos enfrentados a la naturaleza primaria, sino que emergemos de ella y somos a la vez una naturaleza especial. Así como cada organismo en este planeta tiene su particularidad, nosotros tenemos las nuestras. Pensemos en la empatía, por ejemplo, cuánto podemos cultivarla para buscar estar más cerca de las demás especies, tratando de complejizar nuestra concepción de la naturaleza, enfrentando la mirada mecánica y mercantil que se suele tener de ella. O en el arte y en cuánto podemos volver a la naturaleza buscando estímulos para nuestra imaginación, cuántas metáforas nos puede regalar el canto del zorzal o el capullo de una oruga.
Hoy pienso que el desafío frente a la crisis climática está en humanizarnos, no en renunciar a nuestra especie. El amor por la vida y las posibilidades de empezar a conquistarnos una relación más armónica con la naturaleza están dentro nuestro. Pensarnos de esta manera ¿no puede ayudarnos a salir de la resignación que provoca la inmensidad de la crisis climática? ¿No puede estimularnos a buscar ir más activamente a la naturaleza? ¿No nos impulsa a ir hacia los demás para descubrir juntos las maravillas de lo que nos rodea e intentar construir una vida mejor?