Editorial: La corrupción es su modo de existir. La humanización es nuestra causa para vivir y combatir
Comité de Redacción
La mayoría de la gente común no es corrupta. La mayoría de los políticos, sí. Y en todos los gobiernos hay algún grado de corrupción. A veces esta es particularmente inmoral y escandalosa como la del gobierno de Milei, que mientras les quita los subsidios a las personas con discapacidad, utiliza la ANDIS como quiosco para cobrar coimas.
Si lo pensamos bien, gobernar es siempre corromper. Porque significa basarse en y promover mentiras, como la de que los seres humanos estamos incapacitados para conducir nuestros propios destinos; que siempre fuimos gobernados desde arriba y que estamos obligados a vivir en sociedades masificadas donde las personas son extrañas entre sí, y reina la desconfianza y la violencia. Más aun, gobernar implica negar los rasgos más profundos de la naturaleza humana, como la simpateticidad, la tendencia a la colaboración y la cooperación. Rasgos que son indelebles, que podemos rastrear cada día y que muchas veces funcionan como barrera de contención a los efectos más devastadores de la opresión. Y gobernar implica corromper el hecho de que, en esencia, para los seres humanos no hay bien más profundo que compartir y ofrecer el bien a los demás. En ese sentido, los burgueses son muy corruptos porque corrompen y deforman su propia humanidad. Son inmorales porque buscan el propio bien (material) en detrimento de los otros. Y lo hacen a cualquier costo, mediante el engaño y la violencia.
Es cierto que el contagio que generan es grande. Es evidente que los poderosos arrastran a los sectores de la sociedad más retrógrados, a los débiles conciencial y moralmente y a los indiferentes a una existencia mísera guiada por la lógica del obtener ventajas como sea o a su justificación. Pero hay infinidad de personas que rechazan esto y, de manera más o menos consciente, eligen ser diversos. Entonces, para profundizar el rechazo a la corrupción de este gobierno, que así demuestra su monumental desprecio por las mayorías, la cuestión central es comprometerse para ser distintos, alternativos a una aberración que se está transformando más que nunca en la normalidad. Es decir, lo fundamental es humanizarnos, es ser mejores mujeres y hombres.
Este debería ser un principio del ser de izquierda: comprometerse tenaz e incansablemente por expresar la mejor humanidad siendo realmente diferentes, enfrentando así de verdad, el modo de ser de los opresores. Lamentablemente, la mayoría de las fuerzas de izquierda está demasiado preocupada por hacer política y obtener algunas porciones del poder opresivo. Pero las personas de izquierda tienen entre sus anhelos más auténticos y profundos el bien, la justicia y la libertad de los oprimidos. Esas aspiraciones nobles, esas esperanzas históricas que siguen alimentando el sentirse de izquierda nos convencen aún más de la necesidad de ser una izquierda diversa –a su vez plenamente transparente en la relación con el dinero, independiente y autofinanciada–, movida ante todo por la búsqueda concreta de una comunión humana. Y, también motivados por esto, a las fuerzas de izquierda les decimos que para empezar a ser algo alternativo y combativo en serio, un primer paso es dejar de hacer cálculos electorales y conformar un frente único en defensa de la vida, contra el gobierno corrupto, hambreador y liberticida.