Mario Larroca
Desde hace un tiempo, el PTS viene planteando a las fuerzas de izquierda trotskista y no tan solo del FIT, así como a los movimientos sociales que apoyan a dicho espacio electoral del que el PTS es principal animador, trabajar en la perspectiva de un amplio Partido de Trabajadores. El objetivo sería intentar aglutinar en su seno a los mejores activistas del movimiento obrero no enfeudado en la burocracia peronista “elevándolo” a la acción y organización política y no tan solo sindical. Se referencian para eso en una serie de discusiones que en 1938 se dieron al calor de la elaboración del Programa de Transición, de León Trotsky, preparatorias del Congreso de fundación de la IV Internacional. No nos corresponde acá juzgar en sí la iniciativa del ex jefe del Ejército Rojo, sino su pertinencia o no en las actuales condiciones de existencia material y moral de nuestra gente, de frente a la urgencia de trabajo en común entre quienes nos batimos por distintas ideas de liberación.
Desde su exilio en México, Trotsky recomendaba a sus seguidores del SWP norteamericano sumarse con un perfil claramente antiburocrático y manteniendo su independencia como partido socialista y revolucionario– al movimiento por la creación de un “partido obrero” surgido de los sindicatos, el Labor’s Non Partisan League (Liga de los Trabajadores no Partidarios) en el marco de la radicalización de amplias capas del proletariado americano. Era la posibilidad de poner a prueba en tiempo real el sistema de reivindicaciones transitorias, el “puente entre las exigencias y nivel de conciencia actuales de las y los oprimidos y el programa socialista de la revolución”.
Sin embargo, el propio PTS reconoce que, en el contexto argentino actual, “aún no hay tendencias en los sindicatos que defiendan un proyecto de este tipo. Pero la crisis nacional en general y del peronismo en particular, nos desafía a debatir y proponer distintas experiencias políticas que amplíen el imaginario de las y los activistas, en el sentido de apostar a organizar a fuerzas muy superiores a las que reunimos desde la izquierda clasista ahora”. No existiendo una auténtica exigencia desde abajo que empuje hacia un tipo de agregación política unitaria, nos preguntamos ¿Qué utilidad podría tener plantearse una ofensiva tal en medio de la descomposición política democrática global que atraviesa no solo al gobierno de ultraderecha y al peronismo sino también a una sociedad de extraños y potenciales enemigos? ¿No sería conveniente aceptar que ha sido equivocado minimizar –con la lógica del “gatito mimoso del FMI”– la peligrosidad que encarnan quienes desde el poder del Estado reivindican los crímenes de la dictadura, hacen responsables a las mujeres de los femicidios, se roban los fondos de los discapacitados para enriquecerse, apalean jubilados y se financian con dinero del narcotráfico, desconociendo, si hace falta, las votaciones del parlamento burgués? Si de inspirarse en las enseñanzas del viejo Trotsky se tratara, sería mejor, en tren de ayudar a despertar las conciencias y la acción obreras y populares, que de la izquierda brotara una propuesta unitaria en defensa de la vida y de las libertades democráticas hoy seriamente amenazadas.
Desde nuestras modestas fuerzas, como humanistas socialistas venimos sosteniendo el llamado a impulsar un Frente Único defensivo de las organizaciones de izquierda –como lo hiciera desde inicios de los años 30 el mismo líder revolucionario ruso a la socialdemocracia y al estalinismo para enfrentar a la peste nazi fascista en ciernes- contra el gobierno liberticida y fascistoide de Milei y Bullrich.
