Estados Unidos: guerra para todos

 


Facundo Esteban

La segunda presidencia de Donald Trump se proyecta a pasos acelerados en su espiral autoritaria. La supuesta fortaleza del sistema de pesos y contrapesos y valores democráticos se disuelve en pocos meses, pero no solo bajo el ataque presidencial. La decadencia del proyecto sistémico de EEUU ofrece el belicismo como respuesta a todos los males, también los internos: guerra comercial, guerra al “terrorismo”, guerra a las drogas, guerra a la inmigración.

En este contexto, la persecución a los inmigrantes es la punta de lanza de una serie de iniciativas hacia  la consolidación del poder negativo. El ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) se expande con  un presupuesto enorme, miles de nuevos reclutas, sistemas avanzados de espionaje (incluso de las redes sociales) y un largo etcétera. Colaboran activamente numerosas agencias y cuerpos policiales a nivel nacional, estatal y local para llevar a cabo allanamientos, arrestos, encarcelamientos y deportaciones. Los agentes actúan en algunos casos con el rostro cubierto con máscaras, sin identificación, en autos sin placas y/o con ropas de civil. El resultado es la detención de miles de inmigrantes sin ningún derecho a la defensa, el hacinamiento en cientos de cárceles dispersas por el país, la deportación sin juicio y el terror generalizado entre buena parte de la población.

El ineficaz asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, realizado por un puñado de retrógrados seguidores del presidente, probablemente no se repetirá. Trump recluta ahora a numerosas fuerzas de seguridad (muchas de ellas militarizadas, como la Guardia Nacional) que responden directamente a su mando para intervenir en estados con gobernadores opositores o en la persecución a los inmigrantes. El flamante Departamento de Guerra (antes de Defensa) ha recibido instrucciones para aumentar su intervención en temas de seguridad interna. Mientras tanto, se reiteran impunemente los ataques con misiles contra lanchas que supuestamente trafican drogas en las costas de países como Venezuela y Colombia.

El gobierno también avanza en el hostigamiento judicial y los intentos (en muchos casos exitosos) de censura a opositores, periodistas y medios de comunicación críticos. La retórica bélica contra el terrorismo, el marxismo o el narcotráfico proclama a Trump como “comandante en jefe” de las guerras contra la inmigración, las drogas y la “izquierda woke”. Algunos jueces, legisladores, gobernadores y alcaldes aparecen como lugartenientes dispuestos a seguir el juego, ya sea por interés, convicción o  conveniencia.

Las recientes y multitudinarias manifestaciones realizadas en numerosas ciudades bajo el lema No kings (sin reyes) expresan una reacción elemental contra el retroceso de algunas libertades democráticas básicas y frente a los “excesos” de Trump. Sin embargo, parece improbable que se pueda superar el belicismo y autoritarismo sin hacer cuentas con lo que ha significado la democracia de EEUU para las poblaciones de Vietnam, Irak, Afganistán o Palestina, por citar solo algunos ejemplos. La implosión del proyecto de dominio de los EEUU deja al descubierto algunos de los pilares del sueño americano: violencia, racismo, machismo, individualismo y nacionalismo son elementos fundantes y transversales de su democracia. El crecimiento de la solidaridad con los inmigrantes que sufren persecuciones puede significar comenzar a reconocer una común humanidad por fuera de las cada vez más descarnadas alternativas estatales.