Mariana Camps
Argentina, escena uno: la mayoría de la gente declara no llegar a fin de mes, el 25% de la población está atrasada en el pago de sus tarjetas de crédito y un tercio de las y los niños no tienen garantizada la comida diaria en el hogar.
Argentina, escena dos: el CEO mundial del banco de inversión estadounidense J. P. Morgan (JPM), Jamie Dimon, organiza un fastuoso evento en el teatro Colón. Llegan dieciocho aviones privados para la ocasión. Del convite participan Tony Blair y Condoleezza Rice. El exprimer ministro británico, hoy llamado por Trump a jugar un rol clave en el control de Gaza, y la ex secretaria de Estado yanqui, responsable de la catastrófica invasión norteamericana de Irak, son parte del Consejo Internacional de JPM. También participan del festejo grandes empresarios de diversas partes del mundo y de este país junto a Mauricio Macri y funcionarios del gobierno de Milei.
En la primera escena muchas personas sensibles ven la urgencia de enfrentar la situación, de rescatar a otros como parte de su propia salvación. Por eso miles de mujeres se comprometen en el tiempo que les deja el trabajo y el cuidado de sus hijos poniéndose al frente de los comedores populares a los que asisten cotidianamente millones de personas. Amigos, seres queridos y vecinos se ayudan compartiendo todo tipo de gastos y exigencias. Empleadas/os de los supermercados advierten a los clientes de las mejores promociones y descuentos y, una vez más, las mujeres demuestran su sabiduría aconsejando compras inteligentes en la relación entre gasto, utilidad y duración.
En la segunda escena nadie quiere quedarse afuera del negocio. El coloso de Wall Street fue el designado por Trump para canalizar el rescate del gobierno argentino, que necesita imperiosamente dólares para no derrumbarse. Las ventajas para los inversionistas “salvadores”, pulpos multinacionales y –por supuesto– chupasangres nacidos en patria, prometen ser suculentas y sin condiciones, ya que la genuflexión del gobierno de Milei es total.
Quien tenga un mínimo de decencia y preocupación por la vida se identificará con la primera escena, y es importante que así sea. Pero hoy es más fundamental y urgente comprometerse para que esa solidaridad, que nutre la colaboración y la cooperación, pueda acrecentarse y traducirse en idealidad activa, sentimientos de bien más profundos y duraderos, práctica generosa y cultura alternativa compartida. También en combatividad frente al servilismo retrógrado enquistado en la sociedad.
De esta manera pueden construirse terceras escenas: hechas de resistencia, de libertad y, más aún, de comunión inspirada en el humanismo socialista. Escenas pequeñas pero fuertes. Pacificadas y acogedoras, inspiradoras y poderosamente influyentes.
Hay una cuarta escena posible más allá de los resultados electorales, y es el naufragio del gobierno de Milei enredado en su ineptitud irracional, su crueldad enfermiza y su corrupción. Aquellos ultramillonarios seguirán vivitos y coleando por un buen tiempo, pero serán cada vez más débiles por su creciente e inexorable incapacidad de impulsar proyectos de dominación que no sean solo explotación salvaje, ignorancia, guerra y represión.
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