Triunfo de Paz en Bolivia: paz no habrá, pero sí racismo y despojo

 




M.C.

El triunfo de Paz Pereira en las elecciones presidenciales, dentro de ciertas líneas de tendencia continentales que dan nuevos aires a las derechas, representa un cambio para Bolivia que seguramente afectará la vida de las grandes mayorías.

Paz Pereira es parte de una familia históricamente dedicada a la política (su padre es el expresidente Paz Zamora) pero, con la excepción del departamento de Tarija, de donde fue senador, también alcalde y en donde es cuestionado por lo opaco del origen de su fortuna, es un desconocido para la mayoría de las y los bolivianos. Lo acompaña en la vicepresidencia una figura mucho más excéntrica y popular, un capitán de la policía retirado que promete mano dura contra la corrupción y se dice admirador de Milei y Bukele.

Paz promete reformas graduales que desmantelen el rol del Estado en la economía y en la vida de las personas, volviéndole a abrir las puertas a las multinacionales y al despojo  de los recursos naturales. Que la mayoría de los votantes hayan optado por este camino tiene que ver con la crisis económica profunda que atraviesa Bolivia, con el derrumbe de un MAS obsesionado por el poder y plagado de rencillas internas, con el deterioro de la figura de Evo Morales –acusado de abuso de adolescentes– y, sobre todo, con la explosión de la “plurinacionalidad”. El intento de refundar el Estado sobre otras bases, cooptando e instrumentalizando algunas pautas colaborativas y cooperativas de las comunidades indígenas, fracasó. Es cierto que con esta perspectiva se logró mitigar las características profundamente racistas del Estado colonial y garantizar ciertos derechos a los pueblos indígenas, pero también quedó demostrado que no hay convivencia armónica posible si no se parte de la común humanidad en sus diferencias, también las de sus agregados colectivos y culturas, para que puedan confrontarse en función de la defensa de los rasgos humanos que las acomunan. Cualquier intento estatal niega esto y, por consiguiente, termina exacerbando las diferencias para erigirse como un poder centralizador, autoritario y conflictivo.

Paz Pereira es percibido como un cambio de rumbo pero, al mismo tiempo, como alguien capaz de cuidar algunas conquistas de los sectores populares de los últimos años. Tuto Quiroga, el candidato que  perdió en el ballotage, por el contrario, prometía eliminar la figura jurídica de tierra y territorio comunitario, alentando la entrega de títulos individuales, intentando liquidar prácticas y sentimientos legítimos y profundamente arraigados.

Más allá de algunos cambios de coyuntura, es fácil imaginar un futuro de empeoramiento estructural de las condiciones de vida de los pueblos bolivianos bajo el yugo de multinacionales sedientas de ganancias y una burguesía local deseosa de ser parte dominada del botín. Todos actores unidos por un fuerte desprecio hacia las mujeres y los hombres comunes de Bolivia, apuntalado por un racismo ancestral.

La advertencia sobre las perspectivas ya proviene de algunos sectores, como la histórica Central Obrera  Boliviana que “se declara en estado de emergencia permanente para proteger los derechos laborales y las conquistas ganadas por los  trabajadores”, y rechaza la privatización de la educación además de la quita de la subvención de  los carburantes.