Trump quiere un patio trasero

 


Camilo Sans

El reciente anuncio por parte de Trump de operaciones de inteligencia que serán llevadas a cabo por la CIA en la parte continental de Venezuela señala el inicio de un nuevo capítulo en la escalada en el conflicto con Maduro. Esta se da en el marco de una insólita movilización de tropas norteamericanas en el mar Caribe cuyos ataques a embarcaciones civiles, acusadas de “narcoterrorismo”, ya han asesinado a más de 37 personas, sin ninguna prueba. Y sin ningún tipo de justificación, considerando que no hay nada que impida  detener a los presuntos sospechosos para interrogarlos y juzgarlos en vez de asesinarlos  como si representaran una  amenaza bélica. Claramente,  poco le interesa al gobierno de  Trump el combate al narcotráfico si consideramos que, según la ONU, solo el 5% de la droga que transita hacia Estados Unidos lo hace desde Venezuela, mientras que el 87% lo hace por el Pacífico colombiano y ecuatoriano.

Para comprender las razones de semejante brutalidad y exageración en la demostración de fuerza militar, es necesario mirar al resto del  mundo. Putin y Zelensky hacen lo suyo en el Este de Europa atacando jardines de infantes, uno, y estructuras civiles, el otro; la ultraderecha nazi-sionista continúa su plan de genocidio en Gaza y ataca los países de la región buscando avanzar en su proyecto del Gran Israel… todo esto frente a la inacción del ya caduco sistema de Estados surgido de la Segunda Guerra Mundial. Entonces, ¿por qué Trump no tendría derecho a ser el que decide quién es terrorista y narco y  quién vive y muere en el patio trasero de EEUU y a reavivar las históricas pretensiones imperialistas de su país en el subcontinente, para sus propios fines?

Sin embargo, a diferencia de la época de la “Doctrina Monroe” o de Kissinger, este nuevo intervencionismo no es expresión de un nuevo proyecto de dominio, pensado y planificado por burguesías norteamericanas  como las de otrora. Es cierto que la industria bélica y algunos sectores comerciales y financieros y de la industria armamentística sacan tajada de esta situación, y aprovechan para extender su influencia y hacer sus negocios bajo el amparo del Estado norteamericano y gracias a la sumisión de gobiernos y burguesías locales, como han hecho siempre. Pero, si se considera la injerencia de Trump en Brasil, para ayudar a Bolsonaro en su proceso judicial o en Argentina, para sostener a un Milei tratando de paliar los efectos de sus insostenibles políticas económicas, ambos amigos y simpatizantes de él, está claro que, más que el reposicionamiento geoestratégico de EEUU, su prioridad son sus propios intereses personales. Si, además, se tiene en cuenta su desinterés en el apoyo del Congreso para llevar a cabo estas acciones y la completa poca consideración de la historia reciente de los fallidos y contraproducentes intentos de intervención externa en Venezuela, lo que salta a la vista, más que un gran plan de dominio global, es justamente la ausencia total de un proyecto a mediano plazo por parte de la todavía primera potencia democrática occidental. Lo cual no hace más que agravar los peligros de guerra o de incremento de la violencia porque es más difícil que antes prever los posibles cursos de los acontecimientos y las pautas que los regulan.