Ignacio Ríos
Las últimas semanas se llegó a un acuerdo de cese al fuego en Gaza, pero el pueblo palestino sigue sufriendo por los persistentes bombardeos israelíes y las restricciones al ingreso de ayuda humanitaria. Sin embargo, no se trata solamente de esto: los pactos, lejos de aliviar las condiciones de vida, sientan las bases de un futuro aún más terrible buscando que las y los gazatíes bajen los brazos y emigren, y ese “Gran Israel” que se imagina la derecha sionista se sostenga en la limpieza étnica de la región.
¿Se podía esperar algo muy distinto de estos acuerdos promovidos por Trump en sociedad con Netanyahu, quien encabeza un gobierno nazi-sionista y genocida? No utilizamos estas categorías livianamente, y lo decimos ya que ha sido objeto de polémica, incluso con realidades judías pacifistas que valoramos muchísimo, como Mujeres Activan por la Paz. Estamos hablando de una versión radical del sionismo de extrema derecha, creyente en un Estado solo para judíos. Una visión ultranacionalista, reaccionaria y terrorista, que ha llevado a cabo asesinatos en masa empezando por la Nakba misma, cuando centenares de miles de palestinos se vieron obligados a dejar sus hogares para luego negarles el derecho al retorno. Los perpetradores de estas masacres, amparados por la complicidad e inacción de las potencias occidentales, están entre los fundadores del Estado de Israel y también especialmente del Likud. Es bien conocida la masacre de Deir Yassim de abril de 1948, cuando más de 250 personas inocentes fueron exterminadas por las bandas del Irgún con el objetivo de sembrar el terror entre la población palestina autóctona.
El Estado de Israel siempre vivió y se desarrolló a través de la guerra, tanto en su fundación como posteriormente. A la vez que se enfrentaba a los Estados árabes vecinos, se dedicó a arrasar poblados, mezquitas y cementerios en el intento de borrar cualquier vestigio del poblamiento árabe palestino. Son antecedentes fundamentales para entender el carácter del Estado de Israel y la dramática situación actual. Y también seguir alentando una solidaridad e identificación entre el pueblo palestino y las mujeres y hombres judíos más sensibles, cuyo pueblo ha pasado ni más ni menos que por el Holocausto nazi.
Los llamados acuerdos de paz buscan concretar por otras vías aquello que no se logró con dos años de guerra. Mientras continúa la colonización de Cisjordania, la Franja de Gaza quedaría dividida en dos mediante una “línea amarilla”, con el 53% del territorio controlado directamente por el ejército israelí y los más de dos millones de palestinos todavía más apiñados y todavía más controlados por la organización teocrática y terrorista de Hamas en lo que queda de la Franja.
A propósito de ello, nos interesa marcar cuán equivocadas son las posiciones mayoritarias de la izquierda, de tanta complacencia y de una obstinada negativa a denunciar a Hamas. Ahora esta encontró su lugar entre las ruinas de Gaza convirtiéndose en la policía de los acuerdos de Trump con Netanyahu y con la mediación de Turquía, Egipto y Qatar. Por supuesto, no tardó en comenzar con ejecuciones sumarias y reforzar su poder por las migajas de territorio y el negocio del mercado negro.
Una vez más, afirmamos que las esperanzas provienen de la resiliencia y la dignidad del pueblo palestino y de las minorías de opositores israelíes que rechazan la guerra genocida y la ocupación.