Comité de Redacción
Quienes nos sentimos, en tanto parte de la izquierda, protagonistas de la búsqueda de una vida mejor, más justa y solidaria, miramos el inicio de este verano con expectativas de algo de reposo y bastante preocupación. Es explícito que el gobierno liberfacho quiere avanzar lo más rápido posible con sus ataques a las grandes mayorías. Entre ellos, una brutal reforma laboral que arrasará con los derechos de las y los trabajadores.
Estamos ante un gobierno, el de Milei, con las mayores pretensiones liberticidas desde el retorno de la democracia. Un gobierno de defensores de la última dictadura y que puso a un militar como jefe del ministerio de defensa; que ataca abiertamente a las mujeres, a los homosexuales, lesbianas, jubiladas/os y personas con discapacidad; que quiere proporcionar a las grandes patronales el derecho a explotar casi sin límites. No es el primer gobierno democrático con esas pretensiones. El peronismo, que tiene simpatías nazifascistas en su ADN, ha sido responsable de múltiples crímenes y atropellos, también el radicalismo y el PRO, pero el actual gobierno desdeña cualquier tipo de mediación y concesión hacia quienes oprime. Apela a un tipo de dominio brutal, directo. Se basa para ello, a su vez, en una profunda disgregación social y en la deshumanización creciente –en gran parte fruto de la alienación tecnológica– que alimenta la indiferencia y el egoísmo rampante de personas retrógradas.
No es un gobierno fuerte, está a tono con la decadencia belicista del mundo de los poderosos. La Casa Rosada está habitada por el jefe de una manada de ignorantes y violentos como él, sin visión estratégica ni un mínimo de espesor humano (de paso, recordemos que solo el 26% del padrón votó a LLA en los últimos comicios). Estas cuestiones lo convierten en un gobierno particularmente peligroso. Su percibida, pero no entendida, debilidad se traduce en ataques sin cesar a las y los más postergados y a todo aquel considerado enemigo. Hay que enfrentarlo sin titubear, pero –fundamentalmente– hay que buscar vivir y ofrecer ideas y prácticas alternativas a sus lógicas y desvalores.
Es esto último lo que se resiste a ver la izquierda mayoritaria. Está inmersa cada vez más en aspiraciones electorales, rencillas parlamentarias de inmensa poquedad y debates estériles entre sus distintas fuerzas que no cambian nada. Está cansinamente obstinada en la crítica de aspectos de lo existente y carece de pensamiento afirmativo y proyectual. Solo miran hacia el poder negativo (que anhelan). No son capaces de pedirle ningún cambio a las personas porque de ninguna manera se permiten transformarse ellos mismos (triste idea de revolución). Su mirada estrecha quedó en evidencia en la primera manifestación contra la reforma laboral. La CGT hizo un lamentable papel con una plaza medio vacía haciendo hipócritas y genéricas promesas de paro. En todo caso, cumplió con el papel que más le gusta: esperar a ver qué puede “garronear” de negociaciones espurias con los liberfachos. Para la izquierda era una oportunidad, pero perdió la ocasión. Pese a que se jactan de su clasismo, no fueron capaces de unirse para enfrentar la reforma laboral más brutal de la historia nacional y dieron una imagen escuálida. Solo se ponen de acuerdo para juntar votos y exaltan todas sus insustanciales diferencias a la hora de enfrentar al gobierno en las cuestiones importantes. En realidad, estamos ante la necesidad de retomar las enseñanzas de Trotsky y construir un Frente Único contra el gobierno liberticida en defensa de la vida y de las libertades democráticas.
Está en juego la dignidad humana. Es decir, la posibilidad de descubrir y afirmar libre y plenamente aquello que nos hace seres humanos y nos puede permitir ser personas mejores. Por ejemplo, descubrir y afirmar nuestra sensorialidad y cómo ésta puede ser el inicio de un mejor conocimiento del entorno y de las y los demás; nuestra capacidad empática, simpatética, sentimental y sensible; nuestra capacidad reflexiva; nuestra unicidad personal hecha de la presencia y aporte de tantas personas y grupos humanos a los que a su vez contribuimos; nuestra impronta femenina, la de todas y todos, que nos permitió crecer y hoy signa fuertemente nuestros indelebles rasgos colaborativos y cooperativos; nuestras capacidades electivas, hoy ocultas detrás de la delegación en los smartphones y en determinismos de diverso tipo; nuestro protagonismo cultural, recuperando nuestra capacidad de leer y escribir, de atención y concentración; nuestro disfrute del bien de los demás como primer motivo de bien propio, cuyo reconocimiento puede ser un primer paso hacia un mejoramiento moral y ético.
Todo esto está en juego. Es la dignidad de ser humanos. Cuidémoslo, intercambiemos sobre esto, reflexionemos. Te lo estamos proponiendo. Puede ser ocasión para que al ansiado reposo estival lo acompañen descubrimientos interesantes, más aún, fantásticos.