Mario Larroca
Ser solidarias y solidarios, ponerse en la cabeza y el corazón de alguno de los 220 despedidos de Whirlpool o de los 2300 suspendidos de Mondelez, entre tantos otros trabajadores atacados por la mezquindad patronal, exige intentar comprender lo que está sucediendo y las posibles alternativas, desde nuevas miradas de la humanidad en clave humanista.
El gobierno de Milei ha redoblado su declaración de guerra a los trabajadores y a un pueblo cada vez más pobre, gracias a la complicidad de 1/3 parte del padrón electoral que lo ha apoyado en octubre. Con el morbo perverso que acompaña cada golpe que le asesta a los últimos, ha expresado que debemos prepararnos para otro “ajuste de cinturones”. Por eso están preparando la batería de reformas reaccionarias –la Laboral, la Tributaria, la del Código Penal y la Ley de Glaciares, entre otras– para que sean aprobadas a toda velocidad en el Parlamento antes del fin de año.
Mientras tanto el Estado y las grandes patronales montan sobre el escenario un verdadero ensayo general del infierno en que van a transformar la vida de los sectores populares en caso de aplicarse la “Ley de modernización laboral”. Se vienen entrenando para eso con la destrucción del empleo en sectores claves de la economía burguesa como el comercio, la industria o la construcción (desde que LLA está en el poder hay 18000 empresas menos en esos rubros) mientras que se apuntala y enriquece a los especuladores del oscuro mundo financiero. La recesión económica producto de la caída del consumo, aun siendo una realidad, conlleva una gran carga de hipocresía si quienes lo esgrimen como justificación son los propios amos. Quieren que los trabajadores “comprendan” que “la crisis nos afecta a todos” mientras preparan la reconversión de sus fábricas multinacionales o “de capital nacional” (las que enamoran a las distintas variantes del peronismo) en depósitos de importación de productos provenientes de China para seguir ganando dinero, aunque eso implique condenar a la miseria a miles de seres humanos.
¿En qué consiste la “modernización”?
El proyecto contempla, entre otras cosas, la creación de un banco de horas para flexibilizar la jornada de trabajo, “pactada” entre el empleador y el trabajador pudiéndose extender hasta 12 horas de acuerdo a la exigencia de productividad de la patronal. La misma lógica invasiva y deshumana los lleva a meterse con las vacaciones, que podrán ser fraccionadas en 7 días y solo cada 3 años otorgadas en el verano. A esto se le suma el salario por productividad, que implica el congelamiento de las paritarias y que el sueldo se desprenda del “mérito personal” con que cada trabajador se avoque a sus funciones. También la promoción de convenios por empresa, que tendrán prioridad respecto de los convenios colectivos, lo que abre la puerta a una profundización de las arbitrariedades típicas de cualquier relación impuesta y asimétrica. Por su parte, la creación del Fondo de Asistencia Laboral (FAL) permitirá a los empresarios, so pretexto de ahorrar dinero para pagar indemnizaciones o juicios, colocarlos en fondos de inversión o en la Bolsa, lo cual acentuará la timba financiera. El ataque a la libertad de expresión y al ejercicio del derecho de organización de los trabajadores –mucho más si estos se expresan de manera independiente del gobierno y los sindicalistas vendidos– es una verdadera obsesión para los liberfachos. Las asambleas solo podrán ser convocadas por la conducción gremial, con aviso previo, siempre que no se afecte el trabajo y a riesgo de sufrir descuentos. Por supuesto, las ensoñaciones imperiales del desquiciado jefe de la Rosada no pueden tolerar el derecho a la huelga, al que pretende desterrar en nombre de la “normal prestación de los servicios esenciales”.
Unirnos buscando la integridad
Sería importante abrirse a la reflexión sobre el trabajo, en cómo es pensado, sentido y vivido por cada persona que trabaja, sobre las relaciones interpersonales que son constitutivas de los ámbitos de trabajo – mucho más que las específicas “relaciones de producción”– así como respecto de los grados de libertad que se conquistan, o no, dentro de los propios espacios colectivos. La vara con la que podemos evaluar todo esto tiene que ver con la raíz humana moral y ética, empezando por despejar algunos mitos, como aquel de que el trabajo opresivo, alienado y explotado dignifica. Estamos hablando de que incluso para quien tiene trabajo, muchas veces dos y hasta 3 en forma simultánea, no llega a cubrir sus necesidades básicas. En eso consiste precisamente el actual proyecto de modernización: en el intento de disciplinar definitivamente a los trabajadores para que se resignen a sentirse aislados, incapaces de unirse sin tutelas en el reconocimiento de sus mejores cualidades humanas. Porque la solidaridad puede crecer efectivamente si se la interpreta no solamente como un medio para defenderse de los opresores, sino como un fin en sí mismo para ser mejor juntos, dentro y fuera de la fábrica. Siendo íntegros, buscando desembarazarse lo más posible de los venenos persistentes del patriarcado, respetando y defendiendo la libertad de las mujeres, que es defender la libertad de todos. Tenemos malas noticias para los poderosos: podrán atacar las raíces antropológicas de nuestra humanidad, pero cancelarlas, jamás. Las y los humanistas socialistas estamos convencidos que podemos reaccionar como protagonistas desde ahora mismo. Luchando no solo ni fundamentalmente para presionar a la CGT y a las dos CTA para que convoquen un paro nacional y “unir las luchas”, como pregonan los partidos mayoritarios de la izquierda en este país. Las convocatorias a actos y medidas más o menos nutridas e intermitentes no cambian nada. Podemos empezar a derrotar a los liberticidas sí empezamos por reunirnos las personas más combativas, dispuestas a cambiar de verdad en torno a nuevos valores elegidos en común. Si nos miramos a los ojos y nos confiamos entre personas, resistiendo a la deshumanización entre algoritmos. Asumiendo que somos nosotras y nosotros quienes dignificamos al trabajo y no al revés.