El gobierno de la represión

 



Ignacio Ríos

Una pieza fundamental de la gestión de Milei es la represión en las calles y el reforzamiento de las fuerzas de seguridad. Se percibe en cada movilización callejera, pero lejos está de ser una “sensación”. El “protocolo antipiquete” y de uso de armas de fuego, las disposiciones que permiten allanar a organizaciones sin orden judicial, la creación de la figura de la reiterancia (que impide las excarcelaciones cuando hay detenciones previas), la baja de la edad de punibilidad, entre otras medidas, confieren impunidad a las fuerzas represivas y plantean una situación de mucho riesgo. Hay un indudable crecimiento de la represión a la protesta, con numerosos detenidos y heridos todas las semanas, incluyendo a los periodistas que corren serios riesgos solo por poner en evidencia la brutalidad policial. Gracias a los datos publicados por la CORREPI, sabemos que en los dos años de gobierno de LLA hubo más de mil personas asesinadas por el aparato represivo, crecieron los casos de gatillo fácil y de muertes en lugares de detención e inclusive los femicidios cometidos por miembros de las distintas fuerzas. Por eso el informe preliminar concluye que estamos ante “la peor situación represiva desde 1983”, nada menos. 

Es muy importante hacerse una idea de lo que significa que un gobierno regale impunidad y sostenga tan explícitamente las prácticas represivas de los uniformados. Estos últimos se vuelven aún más violentos en las calles, en las comisarías o en sus propias casas. Por lo tanto, para que las personas comunes, los más humildes e indefensos y las mujeres estén más seguras no es buen camino “empoderar” a las fuerzas represivas. Más bien, todo lo contrario. 

Todos los Estados y los gobiernos se apoyan en la amenaza o en el ejercicio concreto de la violencia, pero el liberfacho es especialmente peligroso y feroz. Sin embargo, es bueno pensar que esta característica trata de encubrir muchas de sus debilidades: el cercenamiento de los derechos laborales, el ataque a las libertades democráticas, su favorecimiento descarado a los ricos y su desprecio por la gente común no pueden ser elementos tolerados y digeribles humanamente sin altas dosis de amedrentamiento y agresión.