La batalla contra la reforma laboral esclavista: reconocer nuestros recursos humanos

 



Mario Larroca

“Batalla cultural” o “nueva moralidad” son eslóganes que acostumbran a soltar personajes especialmente vulgares, violentos y de una calaña moral pútrida como Javier Milei y Patricia Bullrich. Mientras tanto, la actual batería de leyes pergeñada desde la Rosada representa un salto cualitativo en la reducción de las mayorías populares a condiciones de escarnio y sometimiento inéditas por parte de la ultraderecha fascistoide y de sus aliados políticos y sociales. 

Son muchas las personas de distintos ámbitos, de ambos géneros y diversas generaciones, que ya se enfrentan o se manifiestan dispuestas a hacerlo contra este repugnante escenario de crueldades y mentiras concentradas y que, honestamente, se preguntan: ¿cuánto padecimiento será necesario pasar para que la sociedad reaccione masivamente? Intentaremos responder a este interrogante pertinente a través de un ejemplo. 

Una de las perlitas de la “Ley de modernización laboral” (que acaba de ser votada a la velocidad de la luz por parlamentarios desesperadamente pendientes de sus smartphones a la espera de recibir suculentas coimas, pero que ni siquiera leen lo que votan) es el llamado Fondo de Asistencia Laboral. El FAL implica el robo descarado de las sumas que corresponden a los jubilados con el único objetivo de financiar las indemnizaciones de trabajadores despedidos sin causa, para que las patronales puedan humillarlos sin obstáculos – llegando al límite de excluir del cálculo de la indemnización lo correspondiente al aguinaldo y vacaciones–. La maldad ilimitada de estos poderosos decadentes tiene lugar gracias a su capacidad de enlazar las características más retrógradas, egoístas e indiferentes de un amplio sector de la sociedad –en particular, de varones jóvenes, frustrados y temerosos de las conquistas del género femenino, amantes del emprendedurismo individual y enemigos del empleo estatal– con su programa de Estado gendarme y patronal. Así, el cierre de fábricas y los despidos son teorizados como un “beneficio para todos” que agilizaría la creatividad de amos y de esclavos en términos de su “flexibilidad para adaptarse a un mercado en permanente cambio”. El verdadero objetivo es “terminar con la industria del juicio”, es decir, que los obreros no puedan defenderse de la prepotencia patronal y estatal apelando a sus derechos conquistados y a la solidaridad como valor a compartir y cultivar. 

La lógica de esperar que los sucesivos ataques de los liberfachos a nuestra dignidad provoquen en un punto determinado una situación de movilización social masiva y sostenida, humildemente, creemos que no funciona. La voluntad de movilizarse es fundamental, pero no puede reducirse a un simple “poner el cuerpo”. Es necesario obrar una movilización consciente, racional y sentimental de nuestras mejores cualidades humanas, que puedan animar nuevas ideas y valores, así como contribuir a la construcción de ámbitos de protagonismo directo en clave autogestiva. ¿Estamos en condiciones de reconocer la natural predisposición humana al diálogo, a la escucha y al conocimiento directo como un arma benéfica para afrontar positivamente los lastres que tal vez hemos absorbido en parte de la disgregación y la violencia social? Los humanistas socialistas creemos que sí, pero a condición de asumir que la potencia y la puesta en acto de valores positivos como el bien y la libertad compartida y nuestras capacidades de cooperación y colaboración son la única alternativa posible para empezar a vencer los delirios de omnipotencia de los poderosos.