Memorias de la solidaridad: Azucena Villaflor y el coraje de dar el paso

 



Cristina Gabelloni

Azucena dejó una huella especial en el movimiento de derechos humanos, no solo por la valentía con que luchó contra la última dictadura militar, sino, sobre todo, por la particular impronta femenina, humana y solidaria que caracterizó su compromiso, lejos del revanchismo y la instrumentalidad política. 

Nació y creció en Avellaneda al cuidado de dos mujeres fuertes, decididas, alrededor de las que giraba la vida familiar y vecinal; y al calor de la solidaridad anarquista, difundida en los barrios populares de las primeras décadas del siglo XX. Aunque simpatizaba con la justicia social del peronismo, nunca abrazó una militancia política. Era vista por familiares y vecinos como una mujer que disfrutaba de conversar y ayudar a las/os demás, atenta al bienestar de sus hijos y de su comunidad; preocupada por mejoras en su barrio y por la sociabilidad, lo que la llevó a instalar un almacén en su cuadra con un saloncito para realizar reuniones, comidas y juegos de truco. 

Las desapariciones de uno de sus cuatro hijos, Néstor, y su novia Raquel Manguin (militantes del Peronismo Revolucionario), en noviembre de 1976, comenzaron a cambiar su vida. Ella encaró inmediatamente una búsqueda activa de información en hospitales, cuarteles, comisarías, iglesias, embajadas y distintos ministerios. Pero lo más valioso de este recorrido fue el encuentro y el reconocimiento que comenzó a desarrollar con el empuje y el dolor de tantas otras madres, cultivando relaciones solidarias y de escucha, frente a la indiferencia y complicidad de muchos otros. Así fue tejiendo una trama de confianza recíproca que le permitió proponer a las otras mujeres dar un paso que requería mucho coraje: encontrarse en la Plaza de Mayo para hacer pública la búsqueda de sus seres queridos, develando la verdad a la sociedad y a periodistas de otros países, buscando la solidaridad, también internacional. De este modo, el 30 de abril de 1977 catorce mujeres, encabezadas por Azucena, participaron de la primera ronda que dio lugar posteriormente a la fundación de Madres de Plaza de Mayo. Un movimiento en el que se destacan el valor del encuentro de cada jueves –no solo por las propuestas a debatir– y de los abrazos como un bien en sí, de acuerdo al testimonio de sus protagonistas. 

La fuerza de esta lucha naciente, la importante solicitada que, con muchísimo trabajo, lograron autofinanciar y publicar en La Nación en diciembre de 1977 con los nombres de sus hijas/os desaparecidas/ os, decidió a los militares a infiltrar al capitán Astiz en sus reuniones para acabar con sus referentes. Así, entre el 8 y el 10 de diciembre fueron secuestradas dirigentes importantes como María Eugenia Ponce de Bianco, Esther Ballestrino de Careaga y Azucena. Secuestros que representaron un cimbronazo fuerte en el movimiento que, de todos modos, no detuvo su lucha y su crecimiento. A principios de 1978, el mar devolvió sus cuerpos a la costa atlántica y recién en 2005, el Equipo Argentino de Antropología Forense comprobó que correspondían a los de las Madres fundadoras y aquellos fueron entregados a sus familiares. 

Hoy, buscar aprender del compromiso de Azucena, como protagonista de la afirmación y defensa de la vida y no simplemente como quien resistió a la dictadura, es inseparable de rastrear, no sin contradicciones, el valor que para ella tuvieron la sensibilidad y el sentimiento solidario. Y lo decía así: “al odio lo único que lo puede combatir es el amor”.