Piero Neri
A mediados de los años setenta podía parecer imposible fundar una nueva organización de izquierda, distinta y alternativa a las existentes. Estaba el Partido Comunista que tenía un enorme consenso popular y casi dos millones de afiliados. La extrema izquierda contaba con distintas organizaciones estructuradas y, por una fase, llegó a tener tres periódicos. Los extremistas de Autonomia Operaia daban sus primeros pasos con prepotencia y violentismo, incluso entre ellos había quienes simpatizaban con el terrorismo. En síntesis, otra izquierda podía parecer imposible o una locura. No lo pensábamos así Dario Renzi y el grupo de compañeras y compañeros que reunió en torno de sí: Sara Morace, Claudio Olivieri, Carla Longobardo, quien escribe y otros más que firman seguido artículos en este periódico (La Comune, ndt). Fue así que en febrero de 1976 nos reunimos con varias delegaciones a escala nacional en un barrio popular de Nápoles para fundar la Lega Socialista Rivoluzionaria (LSR). Determinación y convicción, imaginación e invención –también una pizca de ‘’locura’’– volvieron posible ese inicio tan a contracorriente. Un buen número de personas lo consideró válido y atractivo y se unió a nosotros. Éramos distintos del togliattismo del PC que era asumido o sufrido por la extrema izquierda: éramos partisanos de Lenin y de Trotsky pero con una pasión por Rosa Luxemburg, estábamos posicionados radicalmente contra el estalinismo y el maoísmo. La crítica y el rechazo categórico al terrorismo eran inseparables de la denuncia de la violencia estatal. Las compañeras y dirigentes de la LSR eran protagonistas –y de primera fila– en el movimiento de mujeres, comprometidas en construir en su ámbito una corriente feminista revolucionaria. Incluso con nuestra pequeña dimensión, no teníamos una mentalidad minoritaria, nos interesaban los grandes procesos sociales en el mundo y participábamos de la vida y de los debates del trotskismo internacional. Y desde ese entonces, sobre todo gracias a Dario, estuvimos atentos a la teoría y al factor humano.
Después de cincuenta años de esa fundación, podemos decir que tuvimos razón en dar ese paso y no solo porque siempre estuvimos del lado correcto. Ese inicio nos permitió experimentar, aprender tanto y entender, con el paso del tiempo, los límites intrínsecos de esa efracción. Tuvimos razón porque entendimos donde nos equivocábamos, supimos cambiar sin rechazar o cancelar el pasado, al contrario, valorizándolo. Es decir, comprendimos que el marxismo, incluso el revolucionario, no podía constituir una alternativa de vida y de compromiso al mundo burgués, hacía falta superarlo e ir a las raíces de lo humano, elaborar/vivir una nueva teoría de la autoemancipación. Por esto, hace más de veinte años, emprendimos la fundación del humanismo socialista. Una fundación animada por quienes, como Dario, ya nos habían convencido de aquella ‘’locura’’ originaria y que hoy nos impulsa todavía más adelante, desafiándonos a no contentarnos, sobre todo en estos tiempos.
Publicado originalmente en La Comune (Italia) 484