Fabio Beltrame
Después de al menos cuatro intentos, finalmente Amra Al-Najjar responde al teléfono. De fondo hay mucho ruido incluido el de un helicóptero israelí. “¿Me escuchas?”, le pregunto. Amra tiene 36 años, es licenciada en ciencias de la educación en la Universidad Ain Shams de El Cairo y coordina un pequeño “milagro”: un jardín de infantes Montessori en la “Carpa nº 42”, en el corazón del inmenso campo de prófugos de Al-Mawasi en Gaza. El proyecto Rawdat al-Rimal (El jardín de arena) es sostenido por Paradise Kids, una ONG australiana. “Estamos en continua emergencia...”. Por un minuto sus palabras son incomprensibles, luego se aclaran. Junto a ella están Laila Mansour, licenciada en ciencias ambientales que transforma la basura en materiales didácticos y la psicóloga Farah Qudwa y Noor Hassan, que tiene 70 años y “es nuestra maga del plato lleno al menos una vez al día”. La elección del método Montessori, conocido por los materiales educativos de madera, parece una paradoja en la Franja de Gaza donde falta de todo. ¿Cómo es posible? “No tenemos las formas geométricas de madera”, me explica Laila acercándose al teléfono. “Nosotras creamos los elementos didácticos: para la percepción sensorial usamos piedras pulidas por el mar que encontramos en la playa, divididas por forma y tamaño. Las ´cuentas doradas´ para matemáticas fueron sustituidas por miles de carozos de dátiles limpiados, hervidos y contados con precisión. Para el alfabeto, en cambio, usamos bandejas de chapa llenas de arena: los niños dibujan las letras con los dedos”. El principio Montessori es la autonomía de los pequeños. “En un campo donde los niños no tienen el tiempo de ser tales, eligen las propias tareas y esto les restituye serenidad y dignidad”, agrega Farah. “Ayer un niño pasó media hora limpiando una zapatilla vieja encontrada entre la basura. No lo hacía para reutilizarla, sino para tener un espacio íntimo. La mayoría de ellos vive en carpas sobrepobladas, hasta 15 personas…”. De hecho, además de todo lo otro, este es también uno de los desafíos más grandes en Gaza. Para esto, Farah debió adaptar la “lección del silencio” del método Montessori: “les enseño a cerrar los ojos y concentrarse en el latido del corazón para protegerse no solo de las explosiones y del rugido continuo de los aviones, sino también para ocultarse de los otros cuando tienen necesidad de estar solos”. “Tenemos niños que habían dejado de hablar desde hace meses pero volvieron a hacerlo describiendo (...) las sensaciones de una piedra entre las manos”, me explica Farah sobre los traumas infantiles y de cómo los ayudan a superarlos. “Cada uno de ellos tiene su propio Hasirat –una bolsa de yute extendida en la tierra, ndc– que es el espacio inviolable de cada uno (...) incluso de la guerra”. Cuando están asustados se sientan en el centro de la bolsa y encuentran un poco de serenidad. En la Carpa nº 42, las cuatro mujeres que la animan no ofrecen solo un jardín, protección y comida. “No esperamos el fin de la guerra... –agrega Laila–, queremos que los niños vuelvan a tener confianza en la vida, ahora. Algunos dicen cosas terribles sobre su propio futuro”. Me cuenta cosas que estremecen porque son dichas por niños. “No pueden imaginar volver a la escuela, dormir en una cama, festejar un cumpleaños… son pequeños ya adultos porque tienen sobre sus espaldas la responsabilidad de otros, de sus hermanos y hermanas e incluso de adultos. Pagan un precio altísimo e intentamos resarcirlos ayudándolos a rencontrar su infancia”. Entre las carpas de Al-Mawasi y en toda Gaza, los niños viven el peso de una guerra que los convirtió en adultos antes de tiempo. ¿Quién es responsable? “Los niños –responde Farah– están agobiados con las consecuencias de las acciones y decisiones criminales de otros, que recaen plenamente sobre ellos…”. No agrega más nada y no insisto. Tenemos que cortar. Le agradezco en nombre de todos nosotros, esperando que la Carpa nº 42 resista, un carozo de dátil a la vez.
Publicado originalmente en La Comune (Italia) n.484