Cecilia Buttazzoni
A mediados de los años noventa comenzaron a realizarse los escraches a las casas de los represores. Estas originales manifestaciones fueron impulsadas por personas comunes con el sostén de la agrupación H.I.J.O.S (Hijos por la Identidad y la Justicia, contra el Olvido y el Silencio). Se conformó la Mesa de Escrache Popular en CABA (luego por todo el país), que organizaba las actividades involucrando a vecinos y comerciantes, promoviendo la condena social contra los siniestros personajes que se camuflaban en el anonimato.
Todo comenzaba con la denuncia de algún/a vecino/a que sospechaba de un posible agente de la dictadura en su barrio. Así empezaba la investigación, silenciosa y responsable, para verificar o no aquella sospecha. Una vez confirmada, se iniciaba la preparación del escrache. Foto y prontuario del represor en mano, se realizaban timbreos y volanteadas en las calles y, paralelamente, crecía la noticia a través del boca en boca entre los vecinos. Muchos de ellos se plegaban a la propuesta pegando afiches y/o pintando algún mural. Semanas después, todo el barrio conocía la fecha convocada para el escrache. El día de la cita, entre saludos y sonrisas por la alegría de ser protagonistas de un acto de justicia, se recorría el vecindario colocando carteles del tipo: “¡Atención! A cien metros, genocida suelto”, invitando a los vecinos que saludaban desde los balcones. Finalmente, en la casa del escrachado custodiada por la policía, se cantaba aquella melodía que hoy continúa: “¡Como a los nazis les va a pasar: a donde vayan los iremos a buscar!”. Y muchos de nosotros también cantábamos “Es nuestra gente y no las leyes las que haremos el castigo popular”. Luego, la Mesa se retiraba, pero el escrache quedaba. La verdulera le negaba el saludo, el canillita se rehusaba a atenderlo, en el bar le prohibían la entrada. Durante la llamarada revolucionaria de 2001-2002, cada asamblea barrial se transformó en una mesa autónoma, multiplicando estas iniciativas de a centenares.
Un proceso creativo y estimulante que, tristemente, desapareció con el kirchnerismo. Con entera responsabilidad de H.I.J.O.S, las mesas se vaciaron porque consideraban que la justicia, ahora, dependía solo del Estado. Esto, a pesar de la pelea que dieron algunos, nosotros/as entre ellos, denunciando en tiempo real el peligro de delegar la búsqueda de justicia.